Al César lo que es del César

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Sapere Aude  –  Rogelio Rodríguez

Al César lo que es del César…

Leo en la prensa que monseñor Fernando Chomalí, arzobispo de Concepción, ha escrito un documento donde plantea su preocupación por el intento de desalojar el sentimiento religioso del ambiente socio-político en nuestro país.  Se citan estas palabras suyas (presumo que escandalizadas): “A Dios lo están intentando sacar desde hace un buen tiempo de la esfera pública”.

Olvida parece, monseñor, que Chile está gobernado por un sistema democrático y que, en tal sistema, los que deben imperar son los principios del laicismo.

El laicismo es una salvaguardia del pluralismo en las sociedades y todo ciudadano –más allá de sus creencias personales– debe ser laico, es decir, ser capaz de argumentar y escuchar razones no basadas en la fe, cuando participa en la gestión de lo común. En una sociedad laica y democrática las creencias religiosas son un derecho de cada cual, pero no pueden convertirse en un deber de todos.

Laicismo significa separación de la Iglesia y el Estado y este apartamiento debe ser absoluto.  La religión debe limitarse a los lugares de culto. Cualquier intervención religiosa en problemáticas de carácter cívico es una pretensión integrista de convertir los dogmas propios, muy respetables en privado,  en obligaciones sociales para los demás.

Esta expresión sencilla y comprensible del laicismo está en el Evangelio: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, dijo Jesús. Nuestros obispos no solo hacen oídos sordos a esta expresión en la mayoría de las ocasiones, sino que alzan la voz escandalizados ante manifestaciones de secularismo y laicidad en nuestro medio. Manifestaciones que, dicho sea no más al pasar, son mínimas frente a las reales condiciones laicas y a-religiosas  que debieran establecerse en Chile si nuestras autoridades institucionales se hicieran verdaderamente cargo de la definición de nuestro país  como “Estado laico”.

En su libro ¡Democracia!(titulado así, con signos de exclamación, como una clara exigencia de nuestro tiempo ilustrado)  –libro en que nos invita a pensar la democracia y a indagar por el porvenir de este sistema de gobierno en Occidente–, el filósofo italiano Paolo Flores D’Arcais señala explícitamente que Dios debe exiliarse de la esfera pública, por muy religiosos que sean los políticos democráticos. La teocracia nada tiene que ver con la democracia.

Escribe: “La democracia garantiza que Dios tenga un espacio en el exilio dorado de las conciencias y los lugares de culto, pero debe prohibirle cualquier título de legitimidad apenas pretenda desparramarse en la vida pública. La presencia de Dios en cualquier fase del proceso de deliberación que lleva a dictar la ley significa un atentado, una colonización heterónoma de la convivencia democrática, de la soberanía republicana”.

La democracia debe abogar por la argumentación racional, el discurso apoyado en la lógica, los hechos comprobados, los valores constitucionales deducibles del denominador mínimo “una cabeza, un voto”. En la arena de la deliberación pública se requieren ciudadanos, no fieles ni creyentes.

Y para ser ciudadano, un creyente debe renunciar absolutamente a proponer que la ley sancione como un delito lo que para su dogma es pecado.

Así, pues, digamos con Paolo Flores que la democracia es laica o no es. No puede basar sus leyes en dogmas religiosos.  Querer introducir a Dios en la esfera pública (o hacer ingentes esfuerzos para que no lo saquen de allí, que es lo mismo)  es una patente muestra de la sempiterna, pre-ilustrada y avasalladora vocación política de la Iglesia católica.

¡DEMOCRACIA!,de Paolo Flores D’arcais. Ed. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2013. [122 págs.]

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