Sin laicidad no hay progresismo

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Columna de Opinión

Sin laicidad no hay progresismo

Sebastián Jans

 

Un debate inevitable, de cara a las próximas elecciones presidenciales, que deberá abrirse de manera decisiva, tendrá que ver con la caracterización del progresismo, sobre la base de que, dentro de un conjunto de problemas que arrastra la sociedad chilena, hay una percepción de la sociedad que los partidos laicos tradicionales no han dado cuenta ni han sabido interpretar, producto de la incapacidad para abordar desafíos que tengan que ver con lo que la ciudadanía está pensando, frente a las cuestiones que  tocan su cotidianidad de manera mucho más decisiva que lo que son capaces de establecer los actuales relatos políticos.

En una de esas cuestiones, es un hecho que la ciudadanía hoy tiene una mirada mucho más laicista que lo que son capaces de aportar los partidos que podrían convocar a ese pensamiento, falencia que se constata no solo en los que culturalmente debieran expresarlo, como los que han proclamado esa definición en su carácter. Es una realidad que, quienes tienen una mirada equidistante frente a la laicidad , han estado ligados a intereses que son contrarios, precisamente, a toda visión progresista, lo que provoca que tal visión tiende a ser condicionada o relegada a un sesgo que termina estando lejos de lo que la ciudadanía espera.

Es un hecho concreto también que, en las actuales sociedades democráticas, que tienen una deuda pendiente con el aseguramiento de los derechos de conciencia – como ocurre con la realidad chilena, donde aún no se legisla la despenalización del aborto, donde aún no hay igualdad en muchos aspectos, y cuando toda agenda de progreso, fundada en la ciencia y el conocimiento, está sujeta a la extorsión de los sectores tradicionalistas y retardatarios -, siguen condicionadas por alianzas y poderes fácticos, que obstaculizan y desvirtúan las capacidades del progresismo, dejándolo sujeto solo a ciertos alcances socio-económicos, y no elevado a la cualidad de constructor de una nueva cultura, de una nueva sociedad, constituida a partir del derecho fundante de todos los derechos humanos: la libertad de conciencia.

No puede establecerse una idea progresista en el siglo XXI, que no esté en la perspectiva de la laicidad. Lo da cuenta hoy el debate en países como Francia, España y Estados Unidos. En la tradición libre pensadora de los países angloparlantes el concepto utilizado es “secularismo”. 

Ello no es un dato menor para toda idea de progreso, sobre todo cuando una parte importante de la Humanidad está siendo afectada por una reversión histórica hacia el oscurantismo y al fascismo religioso, a partir de creencias arcaicas. Descontextualizar la realidad chilena de procesos que afectan profundamente a la Humanidad, puede ser de consecuencias impredecibles en un mundo que está absolutamente interconectado.

Por otro lado, el progresismo en Chile claramente está entrabado, y es escenario de conflictos permanentes en su seno, precisamente como consecuencia de no resolver acertadamente las contradicciones latentes sobre temas que tienen que ver con la libertad de conciencia y la autodeterminación personal.

Todos los beneficios que, en un momento, pudo aportar suspender los temas relacionados con la laicización, a fin de asegurar la transición a la democracia y resolver las urgencias socio-económicas dejadas por la dictadura, en la actual etapa histórica constituyen elementos que están entrabando resolver muchos de los problemas relacionados con el carácter de sociedad que el progresismo debe asegurar.

Pretender retrotraer a las alianza políticas y al relato de los partidos que se definen como progresistas, a las obligaciones que impuso a las etapas de la transición y los años siguientes de aseguramiento democrático, es un precio demasiado alto para la democracia, ya que esos argumentos hoy no revisten importancia sino solo en la memoria y en la experiencia, pero carece de perspectiva política que algunos pretendan llevarlos  hacia la extorción ideológicamente falsa de que solo son posibles políticas que surjan de la validez del consenso político sustentado en una probable convergencia de diversidades, que sustentan en la advertencia de que solo se puede llegar hasta cierto punto, o hasta cierto tipo de políticas, que tienen lamentablemente el sello de la unilateralidad.

Ello es la esencia de la negación del progresismo, que solo puede validarse como tal en la medida que se vayan resolviendo los problemas pendientes, en el tiempo adecuado y propicio para cada política. Es decir, toda idea de progresismo existe inexcusablemente en la afirmación de la progresión.

El tiempo propicio para la laicidad está maduro hace rato, y aún sigue siendo postergado por razones que solo dan cuenta que hay un bloqueo sistemático al abordaje de ciertos temas de fondo que la ciudadanía demanda. Verbigracia, la despenalización del aborto en torno a tres causales, que toda encuesta viene demostrando que está en la demanda social desde hace rato, sigue siendo objeto de acciones evidentemente difusas por parte de sectores que se definen como progresistas.

De esta forma, no podemos obviar que, a estas alturas, hay temas de profundo arraigo en la base social, que la democracia aún tiene al debe. Esos temas que están en el ámbito de la laicidad, al no cumplirse ni concretarse en la institucionalidad, terminan por condicionar la calidad de la democracia y contribuyen de manera activa al descredito de la clase política y de los partidos progresistas, que aparecen condescendientes con posiciones tradicionalistas que, además de ser un obstáculo a la progresión de la democracia y factores de propensión oligarquica, han sido protagonistas de trasgresiones legales, cuestionables procedimientos éticos, colusiones, abusos de todo tipo, y hasta delitos de cuello y corbata. 

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