Grandes y poderosos – Gonzalo

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gonzalo2017

Columna de Opinión

Grandes y poderosos

Gonzalo Herrera

Grandes y poderosos. Unos y otros han estado en el primer plano de las noticias durante las últimas semanas, desde que estallaran los primeros focos del incendio que hasta ahora ha cobrado 11 vidas y consumido alrededor de cuatrocientas mil hectáreas de bosques y plantaciones, destruyendo poblados enteros, postas y escuelas rurales.

En medio de la tensión provocada por las dantescas imágenes del fuego que durante varias jornadas   se ha tornado incontrolable, y lo que parecía la total incapacidad de los recursos del país para enfrentar con efectividad la catástrofe, destacó la actuación de dos figuras de la élite nacional. La primera, una chilena radicada en EE. UU., que puso a disposición un recurso tecnológico sin costo para el Estado (el Supertanker Boeing 747-400 con capacidad de descarga de agua o espuma cercana a los 73.000 litros) que a la postre ha resultado decisivo en el control, parcial o total, de algunos de estos incendios.  

La segunda, Hernán Rodríguez, gerente general de CMPC, empresa del grupo Matte (uno de los dos holdings más favorecidos con el decreto 701 de 1974, que entrega subsidios estatales y beneficios tributarios a las plantaciones de árboles exóticos, principal combustible en estos siniestros), que anunció haber llegado a un acuerdo con el Servicio Nacional del Consumidor (Sernac) y asociaciones de consumidores para pagar un monto total aproximado a 150 millones de dólares, unos 97.647 mil millones de pesos, como compensación a  los usuarios de la industria del papel higiénico, por la escandalosa colusión mantenida durante casi once años con su competencia SCA, a fin de establecer sobreprecios y controlar cuotas de mercados.

En el primer caso, la señora Lucy Avilés hizo una contribución enorme ante las gigantescas dimensiones que alcanzaban los siniestros antes de la llegada del Boeing a Chile, dejando al desnudo la falta de material de apoyo idóneo y carencias de conocimiento y liderazgo en funcionarios con altas responsabilidades en la protección de la población ante desastres naturales, como los que desde hace un tiempo venimos experimentando a causa del cambio climático.

 

Fue la comprobación, una vez más, que el dinero, los contactos, el ser parte del Chile desarrollado, permite la solución de problemas de una manera adecuada y eficaz, en oposición a un Estado que muestra vetustez en todo aquello que no sean procesos productivo-exportadores, que es el factor diferenciador entre el país moderno y el de quienes, después de haberlo perdido todo, se levantan resignados y dispuestos a volver a comenzar.

Hace mucho tiempo que veníamos constatando que los incendios crecen años tras año, que cada vez la extensión territorial que alcanzan es más amplia, que los focos surgen simultáneamente y muy dispersos, frente a lo cual no existen políticas preventivas, disponiéndose sólo de unas cuantas aeronaves anticuadas y de bajo rendimiento, haciendo descansar el peso de su efectividad en la pericia e intrepidez de los pilotos, de la misma forma que sus brigadistas deben sobreponerse a los bajos sueldos e indumentaria inadecuada con ejemplar abnegación.

El segundo caso que comentamos, la decisión de la CMPC de compensar a sus clientes defraudados tras once años de operaciones violando la libre competencia, establece la entrega de $ 7.000 a cada chileno mayor de 18 años, con un monto total equivalente al78% de las utilidades obtenidas ilícitamente. La debilidad de la legislación chilena frente a los delitos de los poderosos queda graficada con el hecho de que el monto convenido para tal compensación es seis veces mayor a la multa máxima que eventualmente pudiera haberle aplicado un tribunal. Y la debilidad de la autoridad se constata con la reacción del ministro Valdés, que calificó el resultado de la negociación como «una buena noticia». Comentario tan incomprensible como sería el de un juez que se felicitara porque un asaltante, para evitar una sanción penal, estuviera dispuesto a devolver a su víctima un porcentaje de lo sustraído.

Frente a esta mezquindad hemos podido observar la verdadera grandeza de este país. Miles de héroes anónimos, bomberos y brigadistas enfrentando las llamas a escasos metros, con temperaturas infernales; conductores y paramédicos de ambulancias asistiendo a los damnificados, sin descanso, en muy remotos lugares; pilotos que se juegan la vida circulando sus aviones por estrechas quebradas, a ras del fuego; carabineros, militares y personal de la PDI patrullando los senderos al interior de las plantaciones, sin saber si encontrarán una vía de escape; los campesinos defendiendo con palas y motosierras sus casas y pequeños sembradíos; voluntarios civiles organizados para rescatar fauna vulnerable en los cerros arrasados, algo aparentemente tan insignificante para la vida cotidiana como anfibios y pequeños marsupiales en riesgo de extinción; jóvenes haciendo guardia con precarias herramientas para impedir el avance del fuego a la precordillera, salvaguardando el bosque nativo.

Ha sido especialmente reconfortante la solidaridad espontánea de muchas familias, copando los caminos con todo tipo de enseres, víveres y bidones de agua, corriendo riesgos para llegar directamente al lugar donde la gente perdió todo, como un mentís a esa visión pesimista que asegura que Chile dejó de ser solidario si no es de la mano de Mario Kreutzberger.   

El país merece una nueva legislación de bosques, que preserve el bosque nativo y limite la plantación de especies exóticas que consumen grandes cantidades de agua, secando las napas subterráneas. Pinos y eucaliptus son esencialmente inflamables por sus resinas que actúan como gases explosivos cuando son sometidos a altas temperaturas; los terrenos donde se plantan se acidifican a niveles irrecuperables, restando toda posibilidad de que allí exista biodiversidad.

Dicho en palabras simples, en las plantaciones no hay vida silvestre, lo que provoca graves daños ecológicos en los extensos territorios que se ven invadidos por estas especies. Daños en los suelos, agotamiento de aguas, empobrecimiento de las comunidades aledañas y alta contribución al cambio climático. ¿Podemos permitir la expansión de este tipo de explotación forestal? ¿Tenemos los chilenos algo que decir frente a los intentos de prolongar el decreto 701, otorgando más recursos a las grandes empresas para extender las plantaciones de monocultivos y especies exóticas?

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