El filósofo Jorge Millas

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Sapere Aude  –  Rogelio Rodríguez

 

El filósofo Jorge Millas

  

Cae en mis manos un pequeño libro de Agustín Squella, Deudas intelectuales, en el que escribe sobre cuatro personajes notables: Hans Kelsen, Norberto Bobbio, Jorge Millas y Carlos León.  Squella les reconoce y agradece su pensamiento superior que ha marcado sus propias ideas y el modo de ejercer su labor intelectual.

Leyendo el texto dedicado a Millas, descubro que este año, el 17 de enero, se cumplió el centenario de su nacimiento. No recuerdo haber leído una sola línea en nuestros medios informativos al respecto.

No lo conocí cuando estudiaba Filosofía en el viejo Pedagógico de la Universidad de Chile, en los años ’70. Millas ya se había trasladado a la Universidad Austral de Valdivia, donde ejercía como catedrático.  Estando allí, en 1980 se convirtió en una figura pública cuando no pudo seguir soportando la intervención militar de las universidades y denunció valerosamente las consecuencias de una “academia vigilada”. 

Ello le significó acoso, persecución, la agresividad del poder. En 1981 debió abandonar la Casa de Estudios Superiores de Valdivia y resistir el infortunio dando clases particulares de filosofía en su propia casa, en Santiago. Fuera de las aulas, reducido al estrecho espacio de su hogar, en medio de la desesperanza, la insolidaridad y la carencia, su espíritu fue apagándose poco a poco. 

Murió el 10 de noviembre de 1982, a los 66 años de edad.  A su funeral asistí. Hubo presencia masiva de intelectuales, profesores, políticos y estudiantes, que testimoniaron el respeto y la admiración por el académico convertido en adalid de la libertad de conciencia y de expresión.

 

En la revista HOY del 17 al 23 de noviembre de 1982, Giannini escribió un artículo: “Jorge Millas, o del difícil ejercicio del pensar”, en que expresaba que, empujado por los hechos al primer plano de la vida nacional, Millas levantó la voz a nombre de los miles de seres silenciosos que no se atrevían a hablar. Tal hazaña le costó dejar la universidad, el espacio más nutricio para el pensamiento, y dejar su alma vagando en el exilio.

Juan Rivano también le rindió un póstumo homenaje, desde su exilio en Suecia, en carta enviada a la revista HOY  (1 – 7 diciembre 1982). La finalizaba así:

“De mi relación con él recuerdo más que nada los años en que fui su alumno. Me impresionaban sobre todo la elegancia y la plasticidad de su estilo y la coherencia siempre triunfante de su discurso. Aprendí de él el examen riguroso de los textos, aunque nunca alcancé su ecuánime postura que solo a ratos ensayaba el delicado manejo pedagógico de la ironía. Tuve la amable experiencia de colaborar como su profesor auxiliar en la cátedra de Teoría del Conocimiento en los comienzos de mi carrera universitaria. Nunca me hizo sentir su superioridad y pacientemente supo cultivar mi seguridad con su confianza.  Pocos igual de afables que él. La reforma universitaria nos separó.

Dejó la Universidad de Chile en ese entonces, mostrando que le sobraba virtud para enfrentar las implicaciones prácticas de sus postulaciones.  Y no deja de resultar paradójico, pero también enaltecedor, que un filósofo idealista de su cuño se viera más adelante, en años muy difíciles de nuestra historia, en el deber de descender a enfrentar la entera adversidad sin más armas que su palabra y su devoción al argumento legítimo. Esta parte final y pública de su vida, que para algunos puede aparecer como su frustración, me la represento yo como su lustre y cumplimiento”.

Millas fue un portavoz indiscutido del oficio intelectual, un defensor del pensamiento vigilante y lúcido que no se enceguece ni por credos, ni por ideologías ni por fanatismos de ningún cuño.  Fue un convencido de que el filósofo debe estar presto a jugar un rol responsable cuando la sociedad atribulada clama por su tarea esclarecedora. Fue un idealista, un humanista, un pensador agnóstico que respetaba, no obstante, a todos los creyentes.

Squella reproduce al finalizar las páginas dedicadas a él, un extracto de una entrevista en que se le pregunta a Millas: “¿Qué ocurre entre usted y Dios?”.  A lo que el filósofo responde. “Nada. Entre dios y yo no ocurre nada. Si me ha creado, no lo sé; si su providencia me conserva, no lo noto. No conozco ni el terror de su justicia, ni la confianza en su amor, ni la bendición de su misericordia. Digo “Dios” y me envuelven las tinieblas; pierdo al instante lo único que me salva del aturdimiento ante el misterio de la rutina del universo, que es mi pequeña capacidad de pensar.

Yo soy demasiado concreto y finito, demasiando personal y próximo a mí mismo como para sentirme en relación, sobre todo de amor, con algo tan lejano e inconmensurable, tan dentro de sí, como es dios.  Sin embargo, a pesar de todo, contradictoria y absurda como es su idea, admito que Dios podría existir, y que, tras el sentido que nuestra inteligencia acierta a descubrir en algunas cosas del mundo, podría imperar el total sinsentido de un dios personal”.

DEUDAS INTELECTUALES, de Agustín Squella.  Ediciones UDP, Santiago de Chile, 2013.

 

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