La enseñanza del Tábano de Atenas

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Sapere Aude  –  Rogelio Rodríguez

 

 

La enseñanza del tábano de Atenas

 

La novela El asesinato  de Sócrates, del español Marcos Chicot, se inicia con la famosa pregunta de Querefonte a la sacerdotisa de Delfos: “¿Hay algún hombre más sabio que Sócrates?”, pregunta que obligó a este ateniense considerado por el dios Apolo el hombre más sabio a salir a las calles de su ciudad a buscar el conocimiento, dialogando con los personajes más prestigiosos en las diversas disciplinas del saber, para concluir que ellos eran unos ignorantes en lo que pretendían dominar y, por tanto, que él, Sócrates, era verdaderamente el más sabio porque al menos sabía que no sabía nada, en cambio los ufanos y soberbios dignatarios tampoco sabían nada pero ni siquiera eso sabían.

La novela  –como todo thriller histórico–  mezcla la ficción con hechos reales, recrea de modo interesante el tiempo de la antigua Grecia poniendo, entre personajes y acontecimientos inventados,  a algunas figuras conocidas de la época en situaciones y eventos en que es dudoso su protagonismo y buscando entretener fácilmente al lector.  La trama gira en torno a un misterio, por cierto, para lo cual el autor ingenia un oscuro vaticinio respecto de la muerte de Sócrates.  Sus más de 700 páginas se leen de un tirón.

 

Más allá de estas ficciones creadas por novelistas, hay serios investigadores de la filosofía clásica que no vacilan en situar a Sócrates  –filósofo del siglo V a. C.–  como la figura central de la revolución del pensamiento a que dio origen el tremendo florecimiento cultural griego de ese tiempo.  En efecto, es común llamar a los cosmólogos del siglo VI a.C. “pensadores pre-socráticos” y denominar “filosofía post-socrática” a la elaborada por Platón y Aristóteles, así como a la de las diversas escuelas de pensamiento que surgieron  como herencia de la sabiduría socrática. 

¿Por qué Sócrates cumple este papel?  Por el viraje que hizo dar a la búsqueda racional del conocimiento: desviarla del estudio de la naturaleza (lo externo al ser humano) y conducirla al estudio del hombre y de los propósitos de la acción de éste en la comunidad.  Ensanchó los horizontes del espíritu humano al colocar como pilar fundamental de todo saber el autoconocimiento.  Llegó a expresar: “Una vida sin examen no merece ser vivida”.

Sócrates, primero, y Platón, después al plasmar la sabiduría socrática por escrito, fueron los cultivadores de un método determinante del progreso ético de la humanidad: el diálogo.  Los diálogos socráticos y platónicos enseñaron a los seres humanos, además de una manera de filosofar, que el hecho de conversar, intercambiar ideas, escuchar las razones del otro y oponer argumentadamente las propias, es un modo más civilizado de convivir que dando órdenes u obedeciéndolas, que despreciar la voz de los demás, que construir con monólogos fanáticos el pozo oscuro de la intolerancia y la censura. 

Sócrates luchó contra toda sociedad que no admitiese la discusión ni la crítica. Oficiando de “tábano de Atenas” combatió los prejuicios, la ignorancia y la impostura intelectual.  Enjuiciado a sus setenta años y condenado a beber la cicuta, enfrentó la adversidad con serena dignidad, sin traicionar los principios morales que constituyeron siempre el entramado de su enseñanza filosófica.

De esos pensadores griegos que cavilaron sobre la existencia humana  hace veinticinco siglos hemos recogido lecciones esenciales para conformar las sociedades que terminaron cobijándonos: de su profunda reflexión nos ha llegado la materia prima de la democracia, la libertad, la justicia, la razón y el arte emancipados de la religión. Del genio de ese tiempo heredamos una idea de la belleza y la fealdad, del bien y el mal, de la felicidad y la desdicha, del alma y el cuerpo, de la sensibilidad y el intelecto que  –con los inevitables matices y adaptaciones que ha ido imponiéndoles la historia–  siguen manteniendo todavía una indudable vigencia.

 

EL ASESINATO DE SÓCRATES, de Marcos Chicot.  Ed. Planeta, Buenos Aires, 2017

 

 

 

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