Encaucemos la rabia

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Encaucemos la rabia

Hernán Lillo Nilo

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Terminadas las primarias del 2 de julio pasado, un respiro de alivio pareció sentirse en los conglomerados políticos que lograron competir en esta elección. La participación electoral alcanzó cifras muy superiores a las que se preveían horas antes, no sólo por la coincidencia con la final de Chile con Alemania en la Copa Confederaciones, sino por la ausencia del pacto de la Nueva Mayoría y, más aún, por el poco entusiasmo que estos comicios parecían despertar en la ciudadanía. Sin embargo, más allá de que no se produjera un cataclismo en el número de votantes, el número de estos, algo más de 1.800.000, representa apenas un 13% del total del padrón electoral, en comparación a los más de tres millones de personas que, en total, participaron en la Primarias Presidenciales de la Nueva Mayoría y de la Alianza en el 2013.

Nada ganamos entonces con un complacencia vacía. El encono hacia los políticos flota en el ambiente como el smog. A veces su densidad se reduce, cuando se mezcla con su pariente lejano, la apatía política. Pero no tarda en asomar, bajo cualquier pretexto, en las calles, en la locomoción colectiva, en los estadios, en las colas interminables.

 

La gente, como se le dice hoy a lo que antes llamábamos pueblo, está enojada, irritada tal vez por tantas cosas que han pasado en el país desde que se avasallara la antigua república, por el cambio inconsulto de las reglas del juego democrático, por las expectativas que suscitó la recuperación de la democracia y que luego se transformara en frustración, por los acelerados cambios de los ‘90 en nuestra manera de vivir juntos, de relacionarnos social o laboralmente, por la desconfianza que generan tanto los organismos públicos como las grandes empresas, por los abusos que surgen por doquier.

Hemos perdido tanto, especialmente en principios éticos y cívicos. En la moral pública que debiéramos exigir a los políticos en general, a las autoridades, a los servidores del Estado. A los que perdieron el norte cambiando irisadas utopías por un pragmatismo gris. Pero no en menor grado a los profesionales del sector privado, a las empresas que se coluden en lugar de competir lealmente, al lobista que no trepida en sobornar a un legislador para obtener ganancias espurias.

Son temas archisabidos, pero que siguen mordiendo a los chilenos. Agobiados por las deudas, por trabajos precarios y mal pagados, por largas horas perdidas de vivir, viajando en buses abarrotados. Son demasiadas las diferencias con los privilegios de la élite y la comprobación de cómo los más ricos pueden influir decisivamente en la política y en la justicia.

Sobre esto he meditado largamente. Y he llegado a la conclusión que ya basta. Que hay que cambiar el efecto entrópico de la rabia por la energía movilizadora de la acción política, empezando por la participación electoral. Seguir divulgando críticas ahora es tan inútil como era “patear piedras” durante la dictadura  Por el contrario, concertar voluntades, impulsar candidaturas legislativas ahora sin binominal, estudiar a fondo las propuestas de los distintos candidatos presidenciales, nos permitirá vislumbrar soluciones a muchos de nuestros problemas en el ámbito local, regional o nacional.

Dejemos de mirar la realidad desde nuestras respectivas zona de confort. Atrevámonos, salgamos, dialoguemos, deliberemos, congreguémonos, familias, juntas de vecinos, sindicatos, gremios, colegios profesionales, clubes. Si no los hay, creémoslos. No se trata de promover un proselitismo estrecho, unilateral, se trata de proclamar el poder que tenemos los ciudadanos con nuestro voto, de llegar al autoconvencimiento colectivo de que algunas de las estructuras de poder, aquellas antidemocráticas que impiden plasmar en leyes la voluntad popular, pueden ser desarticuladas.

Y esta capacidad no es un monopolio de uno u otro sector, voluntades de cambiar la manera de hacer política se hayan a lo largo de todo el espectro, más conservadores o más progresistas, pero esto nunca se logrará si un porcentaje mayoritario de ciudadanos sigue quedándose en su casa, renunciando a su deber cívico y a su derecho a elegir a quienes nos gobiernen o representen. Lo que en definitiva hacen los “desencantados” de la política es favorecer el statu quo, afianzar lo que dicen rechazar, aquello que está mal y que, sin embargo, no podrá cambiar mientras no se alcance la masa crítica de votantes que permitan formar mayorías estables, en el gobierno y en el parlamento.

Cuando los distintos candidatos lleguen a solicitarnos el voto, dialoguemos con ellos más allá de las frases marketeras hechas por burócratas y aprendidas de memoria, exijamos respuestas honestas, conminémoslos a aceptar que el Estado es la nación organizada, y que por lo tanto nuestra voz debe ser tomada en cuenta. Que el que postula a presidente de la República debe aprender a escuchar las más profundas demandas del pueblo, más allá de su ideología o de los exclusivos intereses de su sector; que el legislador debe proponer y apoyar leyes mirando los intereses de la gente, sin someterse a las exigencias de moral inspirada en concepciones religiosas ni corrientes filosóficas de carácter particular.

Su único lenguaje debe ser el de la racionalidad, evitando argumentos de carácter metafísico, no compartidas por la totalidad de los ciudadanos. Cada legislador debe mantener su autonomía respecto a intereses ajenos al bien común, y jamás legislar según las indicaciones de grupos económicos, como lamentablemente ocurriera durante la actual legislatura.

Una voz importante del siglo XX, la del jurista y filósofo Hans Kelsen, reconocía que le era difícil definir la justicia absoluta, “ese hermoso sueño de la humanidad”, y por lo tanto que debía conformarse con la justicia realista, “aquella bajo cuya protección florece la ciencia, y con ella, la libertad, la paz, la democracia, la tolerancia”.

Kelsen consideraba que el relativismo axiológico es fundamental en la democracia, considerando la infinidad de visiones sobre el mundo y el individuo    existentes en las sociedades modernas, pero que es precisamente dicha diversidad la que permite encontrar los consensos para profundizar la democracia.

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