Tolerancia, paciencia e impotencia

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TOLERANCIA, PACIENCIA E IMPOTENCIA

Los acontecimientos de estas últimas semanas, aunque y en estricto rigor, se trata en realidad de los hechos ocurridos desde hace mucho tiempo cuyo hito más importante lo constituyó el estallido social del 18 de octubre de 2019, pero cuya referencia histórica proviene de épocas anteriores, hacen pensar en cuestiones aparentemente simples pero que poseen un trasfondo psicosocial delicado.


Desde esa fecha, la proyección de tal hecho significó un creciente proceso de inestabilidad social y económica que perturbó la gobernabilidad del país y, obviamente, la de todos los sectores del desarrollo nacional. Se generó así, un angustiante clima de incertidumbre, no sólo de rebeldía y reclamos respecto de las vergonzosas condiciones de vidas que afecta a un alto porcentaje de la población chilena sino, muy especialmente, de inseguridad y escepticismo por el incierto devenir que todo esto representaba.

En este escenario de tanta agitación política, de un inusitado incremento del irracional influjo de antivalores que afecta la convivencia nacional, expresados en actos de violencia, abusos arrogancia y corrupción de todo tipo, surgen términos tradicionalmente conocidos, carentes del significado que en la realidad ellos tienen pero que adquieren sentido en cuanto a las explicaciones del comportamiento social ante los problemas que atormenta a la ciudadanía.

En efecto, la tolerancia, entendida básicamente como la expresión de una actitud comprensiva ante las opiniones contrarias a las propias y cuya ausencia hace muy difícil las relaciones interpersonales y el sentido de la convivencia social, constituye una forma de ser y de actuar que favorece el diálogo en el contexto de las diversas circunstancias adversas de la vida. Su importancia radica en el grado de conciencia que debe tenerse en la reciprocidad del respeto entre quienes piensan diferente.

Cuando, por ejemplo, si alguien, ante un determinado problema ocurrido no lo reconoce debido a que subjetivamente lo aprueba, demuestra siempre una forma de pensar un tanto impetuosa, impositiva y justifica los hechos simplemente por creerlos así. No le interesa, en la mayor parte de los casos, comprobar la posibilidad de que su interlocutor pudiera tener más razón. Estas situaciones por lo general derivan en odiosos desencuentros personales que obstaculizan el reconocimiento de aceptar que las diferencias surgen del plano de las ideas, a partir de cuyo acto de relación dialógica se motiva el superior interés de buscar en realidades como estas la verdad de los hechos.

¿Qué ocurre, entonces, ante un caso como el descrito y, de manera especial,

cuando una de las partes —exagerando su punto de vista— trata de imponer su versión? Al parecer, quien tolera pone su límite y puede continuar la relación, pero, demostrando paciencia con el fin de evitar la profundización del desencuentro personal ante argumentos considerados como insatisfactorios para él.

Esta otra característica, la paciencia, que básicamente se refiere a la capacidad de resistir razonablemente las adversidades surgidas de toda controversia, permite, a su vez, acrecentar el poder visionario y de conocimientos de la persona pero sin un ánimo preconcebido que lo perturbe en su propósito de lograr la favorable meta deseada. Ser paciente, en este caso, es una idea que induce a expresar prudencia al momento que los hechos ocurran y no intentar alterar una sana convivencia so pretexto de suponer que una de las partes tiene más razón que la otra.

Lo hasta ahora comentado es un marco teórico para tratar de comprender como se enfrentan situaciones difíciles cuyos problemas, curiosamente, no surgen de los afectados, sino de quienes imponen criterios de acción en la gobernabilidad de una sociedad que poco a poco generan malestar e insatisfacciones por las injusticias que gradualmente se van imponiendo.

La realidad de nuestro país es una prueba de ello. Si todos cumplimos con las disposiciones legales vigentes, ¿por qué existen sectores socio-económicos que evaden sus responsabilidades?; ¿por qué la justicia se aplica con tanta desigualdad?; ¿por qué los derechos fundamentales de toda persona como es el acceso a salud y educación están sometidos a criterios discriminatorios tan odiosos e irritantes entre lo que poseen recursos económicos y los que carecen de éstos?; ¿cómo no entender que la deliberada persistencia de la desigualdad y de la pobreza es la expresión estratégica de un sostenido retroceso global a través del tiempo?. La ambición irracional de la obtención de riqueza de algunos en desmedro de un visionario bienestar social, justo y solidario para todos puede socavar las bases democráticas de la República y, ante esto, es necesario reaccionar a tiempo.

Cuando lo mencionado y muchos otros problemas se provocan por las aplicaciones por medidas injustas y arbitrarias, se produce un clima de impotencia verificable a través de las debilidades que socialmente puede expresarse en una inquietante doble posición: o esperar la solución de los problemas a partir de la buena fe y la palabra de quienes dirigen la sociedad, alternativa que siempre se ha utilizado resignadamente y que con posterioridad sólo motiva el incremento de los privilegios de los determinados sectores ya conocidos, o esperar reacciones más directas como las que ya se han producido con las consecuencias también sabidas pero de un insospechado futuro.

Como bien se sabe, cuando la impotencia individual surge, la persona reacciona demostrando una actitud de desánimo acompañado de ira, cuya expresión de irritabilidad provoca resentimientos no fáciles de controlar. Si a esto se le agrega el rencor que pueda sentir, es obvio, que se producen, entonces, descontentos que agravan toda posibilidad de establecer relaciones que coadyuven al mejoramiento del deterioro social.

No basta con ser tolerantes, virtud ennoblecedora de la integridad ética de toda persona, en cuanto a una condición que le otorga autoridad para enfrentar y resolver problemas, teniendo como referencia la experiencia vivida y reconocida por todos. Pero tampoco se trata de ser humildemente paciente ante las indebidas situaciones vividas como tampoco hacer de la impotencia la justificación permanente de las injusticias de otros. Todo lo que acontece tiene sus causas y sus  responsables; en su desarrollo  también existen quienes son responsables de los efectos que tales gestiones tienen y sus consecuencias. En esto, los más afectados son los que reciben tratos indignos pero cuyos responsables son aquellos que nada hacen por remediar tales dañinos efectos.

Tenemos el deber moral de vencer los antivalores que el sistema de vida actual ha impuesto; recuperar la riqueza nacional para los chilenos y definir nuestro futuro de acuerdo a posiciones visionarias que comprendan el significado del saber vivir en el marco de la comprensión de un buen convivir fraterno y solidario.

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