Sobre el Arte de la Retórica

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Por Rogelio Rodríguez.

¿Es Chile una nación retórica?  Todos los días nos llegan discursos  –a través de los medios–  pronunciados por figuras de la política, de la jurisprudencia, de la empresa, del comercio, de las comunicaciones, de la cultura y del deporte, discursos que nos agradan por la construcción de las razones o nos chocan por su tosca o débil armazón argumental.  Bien construido, construido a medias o mal facturado, lo que busca todo discurso es convencer, persuadir, lograr adeptos.  Y para ello, el tribuno que lo esgrime apela a los llamados recursos de la retórica.

Retórica

¿Qué es la retórica?  Una disciplina que tiene que ver con las palabras habladas o escritas.  Es el arte del bien decir, de imponerse sobre una audiencia por como se expresan las cosas.  Ya lo dice Aristóteles en su tratado de la Retórica, escrito en el siglo IV a.C.:  “Puede definirse como la capacidad de aplicar en cualquier caso los medios disponibles de persuasión”.  Ciertamente, el mismo Aristóteles se adelanta a precisar que, de los medios que se emplean para persuadir, no todos pertenecen a la retórica, sino únicamente los que recurren a la palabra. 

De la persuasión que resulta de las palabras hay tres especies, indica el filósofo griego:  “la que depende del carácter personal del que habla, la que depende de poner a la audiencia en cierta disposición de espíritu, y la que depende de la prueba, o prueba aparente, que suministra el discurso del orador”.  A partir de esto, el profesor Juan Rivano –en su libro Retórica para la audiencia– nos señala que el buen orador, entonces, debe ser experto en tres cosas: “en moral, con vistas a producir la mejor impresión de su carácter ante la audiencia; en psicología, con vistas a identificar y suscitar en su audiencia las emociones adecuadas a la decisión que de ella espera; y en dialéctica (o lógica) con vistas a la verdad o mayor probabilidad de su discurso, construido de acuerdo a los argumentos que el caso requiera”.

La retórica es un arte respetable que se debiera cultivar en orden a saber argumentar sólidamente frente a auditorios.  Pero no hay que desconocer el reverso: el uso innoble de la retórica con el único fin de convencer  a un grupo de seguir los intereses del orador.  Aquí resulta, entonces, muy valioso y útil este libro de nuestro filósofo Rivano, quien presenta estas páginas suyas como una manera de educar en la prueba y las figuras retóricas para conocer de este arte  –saber cuándo el discurso es retórico, por qué lo es y cómo–  y no padecer desprotegidamente sus efectos.  Leer esta obra es procurarse un antídoto contra sofismas y discursos tendenciosos. 

Nos advierte Rivano:  “Yo delego el poder en otro y lo pongo a su servicio porque este me convence con sus discursos.  Simplificando, siempre hay dos que pugnan por obtener mi partícula de poder. No pugnaran estos dos si sus razones coincidieran;  ni pugnaran tampoco si fuera evidente para mí que uno tiene la razón. Si pugnan es porque yo, mientras pugnan, estoy privado de una percepción así.  ¿Qué ocurre, entonces, conmigo si la pugna se decide no por los argumentos de uno de estos dos sino por la forma como les saca brillo y los expone?”.  Ciertamente, aprender de retórica es una necesaria herramienta en estos tiempos de tanta información y tanta elocuencia que nos asaltan.

Rivano nos expone la prueba retórica y las figuras retóricas, aplicándolas en situaciones variadas, ilustrativas y vigentes de nuestros ambientes culturales y sociales.  Nos muestra que el retórico prueba sus proposiciones mediante entimemas (razonamientos sinópticos) y ejemplos (reales o inventados).  Y repasa una multitud de figuras que  –aunque tienen nombres extraños y complejos–  son recursos verbales que empleamos todos los días sin distinguirlos conscientemente: la alegoría, el paralelo, la metáfora, el símil, la metonimia, la sinécdoque, la anáfora, el poliptoton, la concatenación, la tautología, la antítesis, el eufemismo, la hipérbole, la paradoja, el oximoron, la ironía, la ambigüedad, la hipálage.

Podemos finalizar estas líneas con un ejemplo del uso retórico del discurso, así como nos es enseñado por nuestro autor. Este es un ejemplo más frecuente de escuchar de lo que pensamos y que debe alertarnos para estar en guardia frente a las posibles trampas del lenguaje.  Se trata de la actitud retórica que juega con la sobrestimación y la subestimación verbales.   Nos dice Rivano: “Bentham divide los términos en eulógicos, dislógicos y neutros.  En esta época de terrorismo, hay ejemplos dramáticos: el mismo homicidio es considerado asesinato por unos y ajusticiamiento por otros.  Así, surgen tres nombres para un mismo hecho: ajusticiamiento, homicidio, asesinato […] El mismo hecho, privar a una persona de su libertad, unos lo llaman castigo, otros venganza.  El mismo hecho, tomar con violencia dinero ajeno, unos lo llaman saqueo, otros expropiación. La educación, para unos, es un bien incomparable, para otros, puro adoctrinamiento y resignación.  Unos hablan del derecho de propiedad, otros nombran a la propiedad un robo.  Las bendiciones de la religión aquí, son el opio de los pueblos un poco más allá  […]  En fin, por más que se lamente, igual es un hecho que nunca faltan razones para exaltar, de una parte, lo que con razones igual de argüibles podemos rebajar, de la parte contraria.  Por una pugna así, no puede entonces asombrar la dvisión del habla misma en eulógica y dislógica; ni que se suscite incluso la cuestión de si es posible el habla neutra, por lo menos allí donde el hombre está implicado”.

No hay dudas: en los tiempos que corren debemos aprender de retórica.

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