Fiestas de solsticio

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Por Rafael Bachiller
El Mundo

El gran ciclo de las estaciones –con sus períodos fríos, templados o calurosos, con sus épocas secas o lluviosas, con sus noches más largas o cortas– ya determinaba el ritmo de vida de cazadores y recolectores en el Paleolítico. Y este ciclo, ya en el Neolítico, hace unos 10.000 años, se traducía directamente en las labores de los agricultores: labrar la tierra, sembrarla, cuidarla y cosechar los frutos para volver a labrar, volver a comenzar.

Este ciclo natural está determinado por la inclinación del eje de rotación de la Tierra respecto al plano de su órbita en torno al Sol. Desde nuestra perspectiva vemos al astro rey pasar del punto Aries (primavera) al trópico de Cáncer (verano), al punto Libra (otoño) y al trópico de Capricornio (invierno), para regresar nuevamente al punto Aries. Es, pues, un ciclo que imperaba en la Tierra mucho antes que las religiones. Un ciclo que tiene sus puntos álgidos en los dos solsticios.

En esos dos momentos del año, si observamos el Sol a la misma hora en días sucesivos, parece que el astro rey se ha detenido en el firmamento (y de ahí se deriva el término solsticio, en latín sol quieto). Y en esos momentos suceden las noches más cortas del año, en la llegada del verano, y las más largas, en la llegada del invierno. Grandes monumentos megalíticos como Stonehenge se construyeron hace unos 5.000 años para señalar con precisión la llegada de los solsticios. No es de extrañar que estos momentos del año, auténticos puntos de inflexión en la vida de los hombres, fuesen objeto de celebración, incluso desde los primeros ritos de tipo religioso.

Hace 4000 años ya se veneraba a Mitra en la India védica, un dios solar relacionado con la suave claridad de la luz que ilumina el alba. Un dios, por tanto, evocador del renacer, cuyo culto se diseminó por gran parte del mundo antiguo. Su gran fiesta, denominada Shab-e Yaldá, fue establecida en Persia cada 21 de diciembre, coincidiendo exactamente con el solsticio. Mitra fue importado después en Roma, donde recibió un culto que recordaba a los de las religiones griegas. En el siglo II a. C. se celebraban ritos basados en su supuesta muerte, y su resurrección se festejaba el 25 de diciembre.

Las Saturnales fueron otras importantes festividades romanas, esta vez en honor del dios de la agricultura, Saturno, que también se celebraban en la semana del solsticio de invierno, entre el 17 y el 23 de diciembre. Eran fiestas populares que se vivían en la calle a la luz de las antorchas. Fiestas en las que los ricos se esforzaban por distribuir regalos y alimentos en un desmedido frenesí de comida y bebida que intentaba hacer olvidar la angustia de las larguísimas noches. En la Alejandría ptolemaica también se celebraba por las fechas del solsticio el nacimiento de un dios, en este caso se trataba de Aion, una versión de Osiris y Dionisos que aseguraba mediante sus periódicos renacimientos la eternidad de la ciudad. Los pueblos germánicos y celtas ofrecían sacrificios a Odín durante las fiestas de Yule, también en el solsticio de invierno. Estas fiestas duraban originalmente 12 días y constituían una celebración de la vida familiar y de la fertilidad.

En el año 218, el emperador Heliogábalo, erigiéndose en sumo sacerdote, instauró en Roma un nuevo culto al dios Sol que trataba de sustituir al culto de Júpiter. Este culto, transformado por Aurelio en el 274, dio lugar a la famosa festividad del Sol Invictus. Inspirado por las celebraciones de Mitra, la festividad se fijó entre el 22 y el 25 de diciembre, nuevamente evocando al Sol que sale victorioso sobre la oscuridad prolongada de las noches del solsticio. Constantino instauró, ya en el 321, el día de descanso en el Dies Solis, el domingo, cuya denominación aún lleva el término Sol en varios idiomas (como en inglés: Sunday) y así el Sol Invictus quedó integrado en la religión estatal romana hasta que Teodosio abolió el paganismo en el 380.

Los cristianos primitivos no celebraban la fecha del nacimiento de Cristo. Para ellos, la fecha importante era la de su pasión y muerte. El escritor cristiano Tertuliano había calculado en el año 200 que la muerte de Cristo tuvo lugar el 25 de marzo (cerca del equinoccio de primavera), mientras que, en provincias orientales del Imperio Romano, fijaron la muerte de Cristo en el 6 de abril. Y parece plausible que, como he explicado en otro lugar, los cristianos de los siglos II y III adoptasen la idea de que Jesús fue concebido en el mismo día del calendario en que moriría (el 25 de marzo), y que nació nueve meses más tarde (el 25 de diciembre). Con el tiempo, la fecha del 25 de diciembre para la Natividad ganó mucho más adeptos que la del 6 de enero, fecha esta última que, no obstante, fue conservada en la mayoría de los lugares para celebrar la Epifanía.

Así, la celebración de la Navidad en el solsticio de invierno sería una coincidencia más con todas esas celebraciones que tenían lugar en el mundo antiguo en el hemisferio norte. La astronomía, incluyendo el gran ciclo de las estaciones, dota a las religiones de un simbolismo supremo, que remite al firmamento y a los fenómenos y ciclos celestes.

Hoy las Navidades pierden su espiritualidad en unas fiestas del solsticio transformadas en nuevas Saturnales en las que los excesos de comida y bebida se unen en un hiperconsumismo que hace palidecer a aquellas fiestas paganas. Paradójicamente, algunas de esas celebraciones paganas, como las fiestas de Yule a las que nos referíamos más arriba, han sido reconstruidas en la actualidad dentro de los movimientos denominados neopaganos, corrientes supuestamente espirituales que, como la Wicca, están inspiradas en religiones politeístas anteriores al cristianismo y que, sorprendentemente, ya tienen en torno al millón de seguidores en el mundo. Parece que tratan de reconstruir ideas y religiones olvidadas en un nuevo y desesperado intento de espiritualidad.

Así, en nuestra sociedad tan compleja, algunos convierten las celebraciones cristianas en Saturnales, y otros acuden a las paganas para recuperar una espiritualidad perdida. Simultáneamente, en la vida urbana, el ciclo de las estaciones se difumina. Se vive en ambientes artificiales en los que las temperaturas están acondicionadas, la luz se regula siempre al mismo nivel, los alimentos no dependen de la temporada, la vegetación está en un muy segundo plano, etc. Mientras lo espiritual se disipa, también perdemos el contacto con la naturaleza y con sus ciclos. Quizás sean, todos estos, fenómenos relacionados.

Quizás para recuperar la espiritualidad deberíamos volver nuestros ojos al mundo natural, recuperar el pulso de las estaciones, recobrar la sensibilidad por las maravillas del planeta y del cosmos. Y, para ello, la ciencia contemporánea, que describe muchos de estos fenómenos de manera racional y con un gran lujo de detalles, puede sernos de gran ayuda. Adicionalmente a las creencias de cada uno, hoy la ciencia es la mayor fuente de inspiración para recuperar la fascinación por el mundo en el que vivimos, y ¿no es esto una forma de misticismo? Pero, además, la ciencia también nos permite actuar para enfrentarnos a los grandes retos de la humanidad, para lograr nuestros ideales como especie, para, en definitiva, hacer un mundo mejor y más humano.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y autor de El universo improbable.

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