Ideología y espiritualidad: volver a lo sagrado de la existencia

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Por Alex Ibarra Peña

«El hombre sin espiritualidad se ha convertido en una máquina parlante».
(Soren Kierkegaard)

En la América precolonial, nos cuenta la historia, la práctica religiosa era muy distinta a la ideología religiosa de los conquistadores. La élite criolla dominada, pero también seducida por lo civilizatorio se instaló principalmente en la aceptación del monoteísmo cristiano provocando también una respuesta laicista. En este contexto se dio el debate en torno al proyecto modernizador desde las primeras décadas del siglo XIX. Recordemos sólo como anécdotas, en esta ocasión: el proyecto emancipatorio de la Logia lautarista, el título de «Sermón» al primer discurso en la inauguración del Congreso Nacional dado por Fray Camilo Henríquez, las improntas del debate sobre la participación de la Iglesia en la educación pública en el discurso de inauguración de la Universidad de Chile realizado por Bello; el título de libro de Francisco Bilbao «El evangelio americano», o la instalación de la religión positivista por los hermanos Lagarrigue dispersa en varias publicaciones.

Creo que la crítica decimonónica apuntaba certeramente al problema que representaba la ideología cristiana. Cuestión que retomará el desarrollo del pensamiento crítico anarco-socialista desde las primeras décadas del siglo XX presente tanto en ensayos como en otros géneros literarios y hecha carne en movimientos sociales que terminaron en masacrados por el Estado.

Estas cuestiones mencionadas son importantes, pero algo más complejo es la cuestión de la espiritualidad. Pocas veces sacerdotes y pastores se han abierto a un diálogo auténtico con la espiritualidad de nuestros pueblos, el mesianismo salvacionista resultaba ser una convicción en cuanto a la aceptación de una «conversión» religiosa. El fundamentalismo cristiano no fue tolerante frente a otras concepciones de lo divino o lo sagrado asumiendo la creencia judía de pueblo «elegido» o privilegiado. La concepción cristiana monoteísta no parecía familiar a la espiritualidad de los pueblos originarios.

Alex Ibarra Peña

Ese modo de ser cosmogónico habitualmente interpretado desde la perspectiva religiosa como una suerte de panteísmo en donde toda existencia, no solamente viva, es asumida como sagrada, pero además en donde no se niega la existencia de un Dios superior. Sin embargo, aparece una diferencia sustancial en lo que concerniente al antropocentrismo, Dios no ha hecho una elección especial por el hombre, todo ocupa la misma jerarquía dado su carácter de sagrado. Algunos cristianismos actuales son más flexibles con la cuestión antropocéntrica, bajo el intento de separarse del peligro del humanismo.

El tema de lo sagrado ha sido tratado con persistencia por Mircea Eliade, ofreciendo aperturas a visiones más panteístas. Otro clásico es el libro «La Rama Dorada» de James George Frazer que aporta un contundente estudio acerca de creencias religiosas aunque desde una perspectiva diferente a la de Eliade, es interesante la crítica que le realiza Wittgenstein.

Creo que siempre es necesaria una crítica a las religiones desde el punto de vista ideológico, sobre todo cuando estas instituciones asumen una participación activa en la política y en la cultura. Pero, no estoy tan convencido de que siempre sea pertinente una crítica a lo espiritual. Desde el estudios de nuestras culturas originarias he descubierto la centralidad que ocupa la expresión espiritual. Cierta teoría contemporánea como la del sicólogo Howard Gardner –al cual se le atribuye gran autoridad en el planteamiento de la teoría de las Inteligencias Múltiples– ha defendido la existencia de una inteligencia espiritual, en cuanto capacidad propia del ser humano.

El asunto o don de la espiritualidad vendría a ser una cuestión que podríamos experimentar en nuestra relación con la naturaleza más allá de ciertas prácticas espirituales que institucionalizan las religiones. Las religiones pueden ser entendidas como modos de ser frente a lo espiritual, aunque ciertos movimientos asumen la posibilidad para una práctica liberada. Un debate diferente es si lo espiritual se desarrolla mejor en lo colectivo que en lo individual, ambas versiones también pueden ser reducidas a ideología y en este caso me parece más lícita la desconfianza al individualismo o a lo privado.

Lo interesante de la aceptación de la espiritualidad, me parece, está en que ofrece una alternativa distinta a la modernización-secularización que pretende explicar incluso el misterio. Lo sagrado sería esencial, en cuanto no se puede vivir apartado del respeto a todo lo que nos rodea. Esto junto con la liberadora asunción de negar la fetichización de la mercancía y del capital afianzada en algunos integrismos religiosos fundados en la teología de la prosperidad. La tentación existencialista de estos días exige cierta radicalidad en el volver a pensar lo que somos sin olvidar lo que hemos sido.

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