Autoritarismo desde ambas esquinas: entre la arremetida de Trump y la vigilancia vía “corrección política” del discurso.

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Nuestra era es la de la paradoja, la ironía y el paroxismo. De acuerdo con las categorías hasta hace muy poco vigentes, podría entenderse, en efecto, como la era del absurdo, o como denominara Lipovetsky, del vacío. Sin embargo, tal y como reflexionara con posterioridad el propio pensador francés, lo verdaderamente insólito de esta época es su defensa inconscientemente doctrinaria respecto de la anti doctrina; su dogmatismo de la liviandad; la religión del desarraigo emocional y el nihilismo ideológico.

Y, respecto del paroxismo que hoy nos interpela, directamente, destaca el espectáculo verdaderamente dantesco que nos está ofreciendo Trump y sus defensores en EE.UU., y, como cara opuesta de una misma moneda, la obsesión instalada en las redes respecto de la hipervigilancia del contenido intelectual, lo cual, indudablemente, trasciende la necesidad real de censurar al propio Trump, sino que, con ello como excusa, se instala como imperativo silente, tal y como lo es el fundamento dogmático de la época, en la consciencia y en el discurso de cualquier ciudadano que quiera hacer uso del libre pensamiento de argumentos, y no solo de opiniones. En efecto, esto implica someter a la intelectualidad mundial completa al argumentum ad misericordiam, o sea, a obedecer a una falacia, ni más ni menos.

Pero, vamos desde el comienzo: Trump, y hasta donde puede llegar la demagogia. No es fácil buscar precedentes parecidos en los últimos 50 años, en ninguna de las repúblicas democráticas de occidente, con lo que esta generando la negativa de Trump de no respetar la tradición institucional democrática en EE.UU. Y como esto es política, y nos referimos respecto de un extraordinario especulador, no podemos verdaderamente caer en que todo lo acontecido no responde a una finalidad política, sino que es un efecto puramente visceral, como se ha pretendido señalar. Desde el minuto uno de la confirmación del triunfo de Biden, la estrategia de Trump, infiero, de negar hasta la muerte su derrota, es una larga y subterránea campaña de recuperación del poder perdido, en otra posible instancia eleccionaria. Considero una posibilidad el hecho que, en una mente tal, la frase “a Rey muerto, Rey puesto” no refiere a una sucesión auténtica del poder, sino a la claridad maquiavélica de que el juego político se trata de tres cosas muy específicas: conquistar el poder, mantener el poder, y recuperar el poder. Y en el minuto en que se capta que este se pierde, de inmediato, la rueda gira hacia las estrategias al mediano plazo para su reconquista.

Por cierto, sería muy ingenuo pensar que esto se lograría mediante una especie de “golpe de estado blando”, como se ha pretendido, tambien, por algunos medios, llamar al insólito acto de toma del capitolio efectuado por los adherentes de Trump, el cual tuvo consecuencias, en efecto, fatales. Y es que, en realidad, ¿a quien conviene obligar a la democracia al uso decidido de la fuerza? Siempre al demagogo, quien es, sin duda alguna, el peor enemigo de la democracia. En efecto, considerando que la población civil estadounidense, por beneficio otorgado en la constitución, es una población potencialmente armada, y en un país donde la polarización política no es algo extraño a lo largo de su historia, el asalto social de la demagogia puede dejar a la institucionalidad democrática en la siguiente aporía: o tolera la acción del autoritarismo, sometiéndose, por ello, al mismo, o la combate con más autoritarismo, con lo cual, solo la termina potenciando. Por cierto, no se ha llegado aún a ese límite. Por ello, la democracia, desde sus instituciones, debe reaccionar y rápido. Ya que, a la vista de los hechos, nada resulta exagerado de imaginar, en la hipermodernidad en pleno advenimiento.

Mg. Felipe Quiroz Arriagada.

Por otra parte, la cultura democrática, mediante la cual el triunfo de las mayorías implica, necesariamente, el respeto por la derrota de las minorías, se defiende mediante su institucionalidad, el juego político entre los diferentes actores, la subordinación de los poderes militares al poder civil, la independencia y autonomía de los poderes del estado, y la legitimidad de expresión de la ciudadanía, lo cual implica, por cierto, libertad de expresión y, por supuesto, de consciencia. Sin estas características, no se puede hablar de democracia. El problema radica en que, cuando aparece la demagogia con fuerza, el temor se instala y, con él, estrategias mediante las cuales la anterior aporía se potencia, en vez de superarse.

Hoy, el mundo globalizado se comunica, frenéticamente, a través de las plataformas de redes sociales. Al mismo tiempo, la tecnología permite el acceso casi inmediato de una cantidad enorme de reflexiones, estudios, publicaciones, investigaciones y obras intelectuales, como no existe precedente en la historia humana. Sin embargo, en paralelo a este uso frenético de la opinión, y no necesariamente de la argumentación, se instala tambien, en todo el mundo, una suerte de imperativo cultural respecto de lo que es necesario, aceptable, posible o, incluso, permitido de publicar, comunicar o señalar. Se trata del imperativo de la vigilancia moderna, del cual Foucault entregó prístina referencia, pero en su extremo hipermoderno; la hipervigilancia global vía uso de la hiper-tecnología.  

Y es que, no es extraño que la hipervigilancia florezca encubierta como defensa de la democracia. Porque la demagogia, fruto podrido de la democracia y de ningún otro sistema de gobierno, es la antesala de la tiranía, y del populismo que le es característico, extremo de la anterior demagogia. Hoy, cuando desde ciertos sectores del progresismo global, se defiende la idea de que la reflexión filosófica, la exploración artística y la creatividad literaria, deben someterse al imperativo de “no ofender a consciencia alguna”, se esta avanzando desde el camino de la demagogia hacia el populismo autoritario del discurso, ya que ello se trata de censura, pretendiéndose instalar en el ámbito más intimo de la subjetividad posible; en el territorio de las consciencias. O sea, se trata de la utilización de una vieja herramienta de tortura moral, típica de cualquier dogmatismo autoritario. Se trata del gusano de la conciencia, del cual escribió con carácter de urgencia Friedrich Nietzsche, en la antesala del nihilismo contemporáneo. Tal propuesta, se trata de la antítesis del libre pensamiento, el laicismo y la soberanía ciudadana, en efecto. Se trata del réquiem de todo ello.

Entonces, el desafío no es menor. Si bien la paradoja de Popper, de no tolerar la intolerancia resulta a todas luces necesaria, más necesario es comprenderla bien, ya que la clave de este peligroso juego esta en que existen formas democráticas de hacerlo, y otras que solo convierten a la intolerancia en sistema. Estas formas son las del laicismo: respeto y defensa de las diferencias, y sano equilibrio entre las mismas; cultura del argumento, el diálogo, la crítica y la polémica, sin temor a la discrepancia; institucionalidad democrática; defensa del estado de derecho mediante la acción civil activa en la vida pública, así como mediante las instituciones de orden sometidas a la soberanía ciudadana, y no al revés; fomento y difusión de la educación cívica, de la capacidad lógica y de la argumentación válida; tribunales de justicia que funcionen con verdadera autonomía, desde el argumento lógico y jurídico, sin caer en presiones demagógicas, mediáticas, ideológicas y/o autoritarias; prensa atenta y consciente de su rol de vigilancia, para con el statu quo, así como para con la institucionalidad democrática misma, mucho más que sobre la anécdota mediática de turno, etc. Solo de esta forma el arte, la literatura, la filosofía, verdaderas expresiones de la consciencia critica de una sociedad civilizada, pueden florecer con la libertad necesaria para, precisamente, apuntar al lado oscuro de la naturaleza humana, el cual, tal y como identificaron con precisión los griegos, sino se expresa en el escenario del anfiteatro mediante la tragedia actuada, se abre paso para expresarse en la tragedia vivida.

Y es que, la demagogia solo crece en el terreno de una cultura democrática débil. Si a la demagogia se la desarma con racionalidad, cuando la primera triunfa, ya sabemos que ocurrió con la segunda. 

Mg. Felipe Quiroz Arriagada.

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