Sobre algunas características del actual imperio del prejuicio

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Por Mg. Felipe Quiroz Arriagada

La valoración de las conductas de los demás es algo extremadamente serio y delicado, ya que requiere perspectiva, criterio, responsabilidad ética y, sobre todo, racionalidad. En efecto, el juicio respecto de la conducta permitida y/o funcional en sociedad es algo que compete a disciplinas profesionales, por tanto, a argumentos que son fruto de una larga formación académica, la cual se fundamenta en el análisis de evidencias o argumentos formalmente válidos y debidamente contextualizados, y no en el respaldo de conjeturas indemostrables ni verificables, o sacadas de contexto, sin la aplicación de algún método de investigación racional. En efecto, la complejidad de la condición humana requiere de esto y mucho más, para, siquiera, acercarnos a su comprensión. Mucho más es lo que se requiere para emitir juicios de forma responsable, y no desde el ilusorio sitial de referente moral inmaculado, incuestionable, absoluto e infalible.

Sin embargo, hoy vivimos en una época en la cual, debido a la masividad y acceso fácil e inmediato a la interacción virtual entre los seres humanos, el juicio público respecto de lo personal y, muchas veces, de lo íntimo, resulta igual de instantáneo, masivo y, en ocasiones, arbitrario e injusto. En el extremo completamente opuesto de la libertad que podríamos haber imaginado que caracterizaría al siglo XXI, hoy, comenzando su tercera década, nos encontramos con un nivel de intolerancia hacia lo distinto tan profundo como para transformar la red en un espacio de hipervigilancia global.

Mg. Felipe Quiroz Arriagada

Junto con la facilidad del acceso a la comunicación global, se evidencia la misma facilidad en la descalificación apresurada, y una suerte interminable de apelación al argumento falaz, ya sea vía generalización (en sus dos versiones), victimización, populismo, petición de principio, entre muchas otras. Hoy, con la velocidad del rayo, se asume desde el caso las características del todo, o al revés, que las conductas de una mayoría se atribuyen, necesariamente, a la totalidad de cada caso. Con la misma velocidad se apela a la censura sí un argumento ofende sensibilidad alguna, al margen de que ese argumento sea perfectamente razonable y valido. También es común que se defienda como verdad absoluta e incuestionable lo que es apoyado en su momento de forma masiva, al margen de que la historia nos demuestre cada cierto tiempo que no siempre lo masivo ha sido sinónimo de lo conveniente, siquiera de lo razonable. En efecto, la cultura democrática se sustenta en que el triunfo de las mayorías se da en estricto respeto por las minorías, y en la posibilidad de alternancia y acceso al poder de ambas, y no en el dominio hegemónico inalterable de las primeras sobre las segundas. También, por cierto, ocurre en la actualidad que se asumen premisas como conclusiones, o sea, que se afirma como verdad aquello de lo cual no se han entregado motivos suficientes, o, siquiera, alguno.

Por cierto, la apelación al argumento invalido se puede evidenciar, hoy, desde cualquier punto de referencia ideológico. No es en modo alguno extraño ver en perfiles en redes sociales de personas adherentes a la derecha liberal que con el mismo fervor con el cual critican la intervención del Estado en la sociedad contemporánea, defienden y justifican a todo evento cualquier acción desmedida y totalitaria realizada por agentes del Estado, cuando ello conviene, por cierto, a los intereses defendidos por su sector político. Desde la vereda opuesta ocurre algo muy similar, cuando se condena hasta la mera existencia de agentes del Estado en la vida social del país, pero se defienden a todo evento regímenes de izquierda donde la presencia y control del Estado en la vida de las personas se esfuerza por ser completo y absoluto.

La solución ante una cultura del sofisma, sin caer en un remedio que sea peor que la enfermedad, no es para nada simple, sobre todo comprendiendo que tal problemática es de cobertura mundial. La intelectualidad contemporánea no solo está llamada a especular respecto de ello desde la trinchera de lo académico, como sí esta se tratase de una torre de marfil, sino que debe promover en la sociedad una forma de comunicación en base a los principios de la racionalidad, por sobre la cultura de la arbitrariedad. Y esto, en beneficio del respeto por la diversidad humana y su convivencia colectiva. Debido a la globalización, no ha dejado de ser uno de los desafíos más importantes del siglo XXI la valoración de lo distinto, pero, esa valoración es la antítesis del consenso de lo falaz, mediante el cual se exige el sometimiento al propio punto de vista a todo el resto del mundo. Para una cultura de la libertad es indispensable comprender que no se obtiene desde el discurso individualista que ofrece y exige una sociedad a gusto y capricho de cada consumidor. Ya que, es poco viable una cultura de valoración de la diversidad cuando no se comprende que la complejidad de la condición humana impone los mismos limites que exigimos se respeten a nuestra libertad que los que nosotros debemos tener para con la libertad de los demás. Sin esa comprensión es a través de nosotros como se beneficia el inquisidor, y jamás el ciudadano. 

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