El segundo sexo o contra el embuste determinista

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Heber Leal

El segundo sexo de Simone de Beauvoir (1908-1986) es un ensayo acucioso que requiere ser releído para comprender el sustrato de las relaciones interpersonales desde un alcance serio y detallado. Su existencialismo práctico y lo anticipado de su propuesta permiten apreciar su figura intelectual como histórica-contingente y, a la vez, intempestiva (va más allá de su tiempo). Si bien el impacto de su libro de 1949, El segundo sexo, fue rotundo y polémico en su momento, cabe hoy hacer frente al meritorio valor de su contenido y a la labor crítica que instaló en tiempos de zozobra.

La reflexión filosófica en El segundo sexo es profunda. No hay que olvidar que aborda la contingencia vital, el carácter histórico y la singularidad de la existencia femenina. ¿Cómo referir a la alteridad o a lo Otro sin pasar por el análisis sobre la cuestión cultura-género? ¿Por qué razón se suelen banalizar sus textos o simplemente reducir a mero emblema de batalla? Las razones que se enarbolan aluden a que fue subestimada por los taxónomos del pantéon existencialista compuesto por varones, tal vez por traducciones erráticas de sus textos al inglés o por la culpa de ediciones sexistas de su obra –que montaban en la portada del libro imágenes de mujeres desnudas y borrosas que le añadían significantes incorrectos a su contenido; cosa que no se corresponde con las portadas de textos de los contemporáneos varones.

El segundo sexo es un escrito de 1949 que fue traducido al inglés en 1953, tres años antes que El ser y la nada de Jean Paul Sarte (1943) y nueve años antes que Ser y tiempo (1927) de Martín Heidegger, lo que evidencia la fulgurante recepción de su obra, no exenta, sin duda, de escándalo. El opus magnum de Beauvoir desconcertó incluso a su círculo de amistades. Se recuerdan las palabras de Albert Camus, quien leyó su texto y la regañó por considerar que difamaba al varón francés; eso demuestra que incluso los hombres más abiertos de mente de la época se lo tomaron de modo un tanto personal o reaccionaron sin atisbar el significado subyacente de su planteamiento.

El marco referencial histórico del texto es la posguerra y el propósito central de su investigación es examinar el significado que comporta ser mujer con todos sus alcances. Por lo demás, se considera dentro de los testimonios que uno de sus amigos de aquella época, Michel Leiris, fue quien la instó junto a Sartre a trabajar en responder a esa pregunta: ¿Qué significa ser mujer? Proyecto al que le dio bastantes vueltas y en el que se embarcó con denodada diligencia.

La tesis es que ser mujer no constituye un destino predeterminado, sino más bien una construcción social. El texto –con excelentes detalles históricos, sociológicos, psicológicos y antropológicos– está dividido en dos intensos volúmenes: el primero se denomina “Los hechos y los mitos”, donde pasa revista a los presupuestos biológicos y los distingos del psicoanálisis y del materialismo histórico; además de aludir a las figuraciones de la literatura y la mitología. El segundo, titulado “La experiencia vivida”, aborda los trayectos existenciales de las mujeres: la infancia, juventud, actividades sexuales, lesbianismo, el matrimonio, la figura materna, la prostitución y las hetairas, la adultez, la vejez y la caracterología.

La grandeza del texto estriba en que, más allá de revisar la historia de toda humanidad en relación a la naturaleza distributiva de roles, nos revela un afanoso análisis del trayecto vital de mujeres desde situaciones que van desde la infancia hasta la ancianidad. De hecho, permite inferir un teatro social que condiciona la opinión que durante el paso del tiempo las mujeres mismas desarrollan de sí mismas, en función de la existencia de los varones y de las expectativas que estos como “centros ontológicos” suponen, al punto que la apreciación de su identidad la condiciona la masculina como marco de referencia y disolución de la diferencia. La labor de lograr trascender la cosificación predeterminada que esto supone constituye romper la inmanencia (el estereotipo y sus límites impuestos) y buscar la construcción de un proyecto de libertad propio.

            Advierte el peligro, ante cualquier contingencia tempo-espacial, de considerar vivir la existencia en función de un yo predeterminado.  La conciencia debe librarse de la cosificación o reificación (transformación del sujeto en objeto: alienación). El en-sí alude a perderse en la inmanencia; mientras que el para-sí refiere a la acción de trascender en pos de la concreción de la libertad. Bajo esta lógica, es completamente arbitrario vivir una existencia condicionada por etiquetas predeterminadas o sentir comodidad a través de esa reducción de la libertad  –lo que Sarte en El ser y la nada denominó mala fe–,  fenómeno que implica el ocultarse de la propensión a ser libres y ajustarse a la referencia histórica del “hombre”.

            El embuste de una ideología determinista  –que en el texto se colige como patriarcal– requiere que el sujeto se (auto)convenza de la dependencia de esas fuentes de reificación. Sentir agrado o conformidad por una existencia reificada, sin duda, es más frecuente que lo que se cree. Me imagino en este punto una camisa de fuerza en la que el sujeto se aprisiona y cae inevitablemente en la mala fe, hecho que implica descender a una suerte de alternancia ontológica, pero cuando es de tipo material resulta ser además histórico-social (estructural). La ontología interpersonal, la filosofía práctica y los bríos investigativos por desmitificar las relaciones humanas que nos brinda De Beauvior resultan ser renovadamente valiosos: nos interpela a repensar nuestras propias “moradas esenciales” en tiempos de zozobra pandémica.

Heber Leal es Profesor de Filosofía, Magíster en Filosofía Moral y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Concepción, Chile. Coordinador del Núcleo de Formación General. Universidad Mayor.

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