JORGE EDWARDS Y LOS CONVIDADOS DE PIEDRA

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Juan Rivano

A propósito del cumpleaños número 90  –este 29 de julio–  del escritor chileno Jorge Edwards, Iniciativa Laicista publica este comentario inédito del filósofo Juan Rivano a la novela de Edwards Los Convidados de Piedra, texto escrito en 1986. Rivano falleció en Lund, Suecia, en 2015.

Esta es una novela de contenido político y social narrada con las técnicas de la asociación libre.  Relato literalmente descuartizado a través de entrecruzamiento de personajes e historias; alternación arbitraria, brusca, de pasado y presente. En estos casos, el lector resiente que lo empujan al agua y ¡arréglatelas lo antes que puedas!   Con paciencia, sin embargo, la cosa comienza a aclararse y hasta se pregunta  –el lego, se entiende–  si no tiene su método escribir así.

Escribí a Chile después de leer esta novela. No parece que la hayan notado mucho allí. Acá, en Suecia, tampoco. Cuando oigo hablar de Edwards es por su Persona non Grata. Por su libro, se entiende. Pero de este otro, Los Convidados de Piedra, no me llega ni un eco de su impacto.

Bueno, es una novela política. No es llegar y escribirlas; y cuesta mucho promoverlas, como no se trate del partido de uno.  Más en Latinoamérica, ahora.  Demasiado blanco-o-negro, demasiado ideológico el mercado.

Es una novela de las que llevan encima la advertencia: los hechos y personajes de esta historia son ficticios; cualquiera semejanza con otros, reales, es pura coincidencia.  Pero yo considero que en esta novela todo es sustancialmente real; la ficción, mero recurso.  En lugar de la advertencia del autor, preferiría una como esta, que encuentro en un libro de patología: “Las personas cuyas enfermedades se describen aquí son ficticias; cualquiera semejanza con personas existentes o muertas es culpa de estas últimas”.

Si me pidieran redactar la solapa, escribiría: “Amplia perspectiva de los sectores altos de nuestra sociedad, centrada en los momentos de más grave convulsión social vividos por nuestro país entre 1891 y 1973, y que atañe a la incapacidad política de dichos sectores manifestada una y otra vez, de un siglo a esta parte, y aparentemente insuperable”.

Está muy bien enmarcado el relato. Lugar, tiempo, duración, relatores, todo en perfecta construcción. Un grupo de amigos de la clase alta  –grupo formado por crianza, vínculo familiar y vecindad balnearia–  se reúne un día de los meses posteriores al golpe militar del 73 para festejar en la residencia de uno de ellos sus 44 años. No se reúne el grupo entero, sino lo que queda de él. Pronto sabemos que estos que faltan son los convidados de piedra, los que siguieron la otra ruta ante la encrucijada y que, ahora, naufragan en cárceles, consulados y subsuelos.

Sabemos también que vamos a ver lo grande en lo pequeño: las crisis políticas de la clase alta se reflejan en el pequeño grupo como en un microcosmos.

Esta es la reflexión central, característicamente vacilante, del relator principal:

“… Ellos, los ausentes, los de nuestro grupo que terminaron mal, eran probablemente, aun cuando se hubieran equivocado medio a medio, los más íntegros, los de fibra más sólida…   O quizás eran los más desesperados y los menos lúcidos.  En medio de la euforia de esos años, una euforia que no dejaba de tener aspectos suicidas, instintos subterráneos, escasamente conscientes, de autodestrucción, habían desdeñado ese mínimo de cálculo que nosotros aplicábamos siempre, sobre todo en los momentos más vertiginosos, de mayor peligro y que a la larga nos permitió sobrevivir.  Ellos caminaron sobre la cuerda floja, empeñados en ofrecer el espectáculo a una galería imaginaria, pero caminaron como un equilibrista que se hubiera emborrachado en los camarines, minutos antes de salir al escenario del circo, y hubiese tirado las precauciones por la borda” (p. 15).

¡Y ahí está! La cuestión política como el agua regia de nuestras clases dirigentes: los unos se retira, calculando; los otros se lanzan quizás por qué (a lo más, por dar el espectáculo a una galería inexistente) a su inevitable destrucción (borrachos sobre una cuerda floja).

¿Será así de increíble?

La sugerencia es la de una clase dirigente que no sabe habérselas con los principios formales de su misma condición.  Se puede marcar con nombres de presidentes los momentos en que esta incapacidad alcanza los niveles del colapso:  Balmaceda, Alessandri, Aguirre, Ibáñez, Allende.  El primero y el último subrayados, como se entiende.

Desde la perspectiva del grupo  –y su ascendencia y descendencia–  vemos el miedo, el desconcierto y la impotencia en los momentos extremos.  Vemos también  – dicho sea al pasar, aunque habría que detenerse mucho aquí–  la clase alta desnuda de mitologías: sin lenguaje, sin ideas; concupiscente y rapaz; hedonista hasta la depravación; sin un ejemplo que exhibir de estilo, de articulación intelectual, de asimilación cultural, de espíritu.

Pero ¿de dónde vienen las exigencias de cambio que conmueven periódicamente a esta clase?  No se ve muy bien.  Lo que solo se percibe son batallas en las alturas sociales. Uno de los personajes  tiene una teoría para responder a esta cuestión:

“Son los que don Pancho Encina llama, dijo el Profesor, desconformados cerebrales.  Siempre los hubo en grandes cantidades en este país.  ¡Muchos más de los que usted se imagina! Recuerde, por ejemplo, a los hermanos Carrera, a Bilbao, a Balmaceda mismo” (p. 146).

Pero el homólogo de personajes así, en el microcosmos del grupo, Silverio Molina, no actúa como un desconformado cerebral mondo y redondo. Ya estamos de acuerdo: según la misma doctrina de las clases sociales, Silverio Molina (se ha enrolado en el Partido Comunista) está actuando de manera del todo irracional, contraria a los intereses de su clase. Por la misma razón, también podrán tildarlo los suyos de desconformado cerebral. Pero ¿qué decir de un grupo que a las primeras de cambio, y por un acto de Molina en defensa de los valores del grupo mismo, lo abandona en las celdas pestilentes del presidio de Valparaíso?

El diagnóstico, entonces, sería así:  la falta de solidaridad, el abandono, engendra el resentimiento de los así marginados, quienes se volverán contra su propia clase tan pronto se ofrezca la oportunidad.

Esto, la oportunidad, es lo que queda fuera del enfoque de esta novela.  No quiero decir que no aparezcan a cada página imágenes del descontento social.  Pero el descontento social se muestra solo como materia prima; como si se dijera: “Bah, siempre hubo y siempre habrá descontento social”.  Y como tampoco faltarán los “desconformados cerebrales”, he ahí los dos elementos para construir la bomba.

¿Será así de increíble?

Bueno, todo esto se aviene con la vieja doctrina del caudillo latinoamericano.  No cuesta mucho considerarlos como “desconformados cerebrales”. Y en nuestro país parece que la mayoría de estos sujetos pertenecen a las clases dirigentes.

Hay mucho de fatalismo y determinismo ciego en la dinámica social que implican y endosan las clases dirigentes de acuerdo a la perspectiva de esta novela.  Empleemos el Pacífico y nuestras cordilleras para hacer una imagen:  como si periódicamente la marejada las emprendiera contra la larga y angosta faja para encontrarse una y otra vez con que las barreras montañosas son demasiado encumbradas para sus pretensiones.  Y ahí tenemos una ley a la manera de Toynbee:  marejada-resaca, marejada-resaca…  Entre fines de los 60 y comienzos de los 70, tremenda marejada; entre el 73 y los tiempos actuales, tremenda resaca.  Como si el Pacífico, por fin, sobrepasara la Cordillera de la Costa para encontrarse ¡con la Cordillera de los Andes!  Con las Fuerzas Armadas, dicho en prosa.

Pero, así como las bases sociales  –los obreros y los campesinos–  quedan marginadas de la perspectiva de Edwards, así también no hay una articulación de las Fuerzas Armadas en el cuadro.  ¿De dónde vienen y a qué?

Sebastián Agüero, el personaje en cuya residencia se celebra el almuerzo-comida-desayuno que sirve de marco a todo el relato, sale a medianoche a airearse un poco de comida, tabaco y alcohol, paseando por los jardines de su casa.  De pronto viene tronando un helicóptero que se detiene en lo alto y lo encierra en el cerco de sus reflectores.  Sebastián no demora en correr a su casa.  Se detiene, temblando, la espalda contra la puerta ya asegurada.  ¡Cómo! ¿Huyendo dentro de su misma propiedad? ¿Qué se han creído estos milicos de…?  Pero ¡cuidado, cuidado con precipitarse!

“El asunto de los reflectores no le había gustado nada.  Sin examinar demasiado lo que le había ocurrido, se había sentido humillado, deprimido.  Al fin y al cabo antes no tenía que rendirle cuentas a nadie…  Pero había que comprender, se dijo, pese a que no lograba sobreponerse a su desagrado, la racionalidad de la medida.  Los nubarrones que se habían acumulado en el horizonte habían sido temibles.  Eso que en años anteriores había constituido un rumor de fondo, un tam-tam lejano, de pronto lo había visto transformado en griterío ensordecedor, caras pintarrajeadas y tatuadas, narices monstruosamente deformadas, atravesadas por argollas de marfil o pendientes de fierro, sanguinolentos ojos trastornados por las infusiones de hierbas alucinógenas, formas gesticulantes, turba que brincaba y echaba espumarajos por la boca, desenvainados los cuchillos para el degüello, sedientos de sangre.  Los abnegados muchachos del helicóptero, después de haber salvado su vida y su hacienda, no hacían otra cosa, ahora, que cumplir con el ineludible deber de vigilancia, enfocar los torrentes de luz sobre los claros de la jungla, por si de pronto, en medio del silencio sepulcral que había caído sobre ella, saliera de la espesura algún hotentote extraviado, lanza en ristre, ignorante de que su tribu ya había sido exterminada o dispersada por el horizonte” (pp. 281-2). 

¿Qué pensar? ¿Son las Fuerzas Armadas la retaguardia de la clase dirigente  –de la clase dirigente como se la muestra aquí, dividida, insolidaria, mezquina, vulgar y hasta degenerada?  ¿Guardia de Palacio, el Ejército?  ¿Abnegados muchachos que contienen la turba y vigilan las 24 horas del día para que los señores puedan libar los vinos y el champán acumulados en sus despensas durante los años del Gobierno Popular y “dormir la mona” después sin sobresaltos?

Desde la perspectiva de la clase alta que nos descubre Edwards (perspectiva ciertamente llena de lecciones) parece que habría que contestar que sí a tales preguntas.  Y asombrarse a renglón seguido.

Lo que nos lleva a perspectivas distintas.  De carácter geopolítico, de equilibrio estratégico mundial, una; de orden nacionalista la otra (y ubicada en planos que en buena medida sobrepasan la poco envidiable habilidad política de nuestras clases altas tradicionales).  En la revista italiana Época  –20 de junio de 1986–  leo en un reportaje al Chile actual preparado por Rodrigo de Castro algo que viene al caso:

“La clase militar ha sido siempre una incógnita para la sociedad civil chilena.  Blancos, como la “Fronda Aristocrática”, pero en gran número de origen alemán, francés o inglés, por tanto despreciados por “siúticos”.  Desde los años treinta aun más despreciados después de una breve aventura dictatorial.  Hasta el 73 han vivido en la oscuridad.  Durante todos estos años se han vinculado familiarmente solo entre ellos, encerrándose en su rencor, hasta que llegó la hora de la venganza”.

¿Clase incógnita, la clase militar? No solo en función de esta novela político-social de Edwards, sino a partir de la condición, por todos conocida, en que las clases dirigentes han puesto en Chile a los militares durante las décadas anteriores al 73  – a “los milicos”, dirían ellas, y la frase podría bastar–  podemos estar de acuerdo en que ni siquiera a esa altura de incógnita los elevaron.  En el desprecio no hay incógnitas.

Dos desprecios, entonces, ciñen como tenazas la nuez en que se encierra la clase que nos presenta Edwards: el desprecio del pueblo y el desprecio de los militares.

¿No es para quedarse con la boca abierta?

Para terminar, unas palabras sobre el autor, no se vaya a pensar que no lo aprecio.  Entre los escritores chilenos que leo y que me ayudan en mis ensayos de filosofía social es uno de mis favoritos.  Si no existieran Blest Gana, González Vera, Donoso y Nicomedes Guzmán, diría tranquilamente que lo prefiero sobre todos.  Su tarea, harto ingrata, consiste en la autoexhibición de una clase. Hay otros que hacen lo mismo, pero ninguno ha combinado como él penetración, riqueza, lucidez y conceptuación.

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