A 700 años de la muerte de Dante Alighieri: claves para leer la Divina comedia

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Adriana Muscillo

La Divina Comedia es uno de esos clásicos que muchos citan, pero al que pocos le han dedicado, quizás, una lectura completa. Y, sin embargo, adentrarse en el mundo maravilloso de sus 487 páginas escritas en versos endecasílabos es un viaje de ida, sin retorno, hacia la felicidad. Justamente, es por eso que se llama Comedia y no Tragedia, porque tiene un final feliz.

La obra fue escrita en la llamada Alta Edad Media, una época caótica donde el Feudalismo monárquico en Europa mostraba sus grietas, con continuas crisis acuciantes y la peste diezmando a la población. Una época en la que ya soplaban vientos renacentistas; lentamente se recuperaban los ideales y la cultura de la Antigüedad Clásica, que habían quedado sepultados bajo siglos de cristianismo y, poco a poco, iban naciendo e imponiéndose las lenguas modernas por sobre el latín, que había sido –hasta el momento– la lengua de la erudición.

Nacía, entonces, una literatura más fresca y más cercana a la gente, escrita en lengua romance. Es tiempo de las grandes epopeyas y de los cantares de gesta. Es tiempo, también, en el que los poetas se atreven a la expresión vívida de sus sentimientos.

Es en este contexto que se gesta y ve la luz la gran obra maestra del Dante, La Comedia, a la que luego el escritor Giovanni Boccacio adjetivó como “Divina”, cuando la comentó públicamente. Esta obra, la más relevante de la literatura italiana de todos los tiempos, de alcance universal, fue escrita en lengua moderna, desplazando al latín, es por eso que a Dante se lo considera el Padre de la lengua italiana.

Construye tu obra y rómpete

Durante di Alighiero degli Alighieri, para siempre “el Dante universal”, nació en Florencia, se cree que el 18 de mayo de 1265, en una Italia caótica en plena transición, que abandonaba la nobleza feudal para dar paso a la burguesía naciente.

Como la mayoría de los mortales, o quizás más que ninguno conocido, fue la búsqueda incesante del amor lo que marcó el trayecto de su fructífera vida y, sobre todo, fue sin duda la desesperación por haberlo perdido todo, lo que impulsó su magnífica obra.

Dante era el niño mimado de una cariñosa madre que murió cuando el poeta tenía solo 8 años, dejándolo absolutamente desolado. Muy pronto su padre armó una nueva familia y el niño Dante –ya de 9 años– depositó en una chica de nombre Beatriz Portinari toda esa necesidad de afecto y ese amor tierno que había quedado trunco tan tempranamente. Cuando creció y perdió a su padre fue el amor hacia Beatriz lo que inundó la totalidad de su vida.

Pero esa ilusión también fue un espejismo. Beatriz había sido prometida por sus padres a un rico florentino y, por si fuera poco, solo unos años después la chica moriría y dejaría a Dante en la más desgarradora indefensión.

Es entonces cuando escribe Vida Nueva, un canto melancólico de amor infructuoso, quizás para duelar a su “Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre”, parafraseando a Borges. Aunque, mucho tiempo después, el poeta italiano se dará el gusto de “recobrarla” para convertirla en su guía por el Paraíso.

Pero, mientras tanto, Dante decide desviar su libido hacia el estudio y se forma en Gramática, Historia, Astronomía, Ciencias naturales y Teología. Luego, se casa con Gemma di Manetto Donami y tiene, con ella, tres hijos. Se dedica a la política y consigue un cargo público.

Pero otra vez el destino le tiende una trampa. Como no apoyaba la política del Papa Bonifacio VIII, lo acusan de corrupto y lo condenan al destierro de por vida. Así que Dante Alighieri debe abandonar a su familia, dejar su ciudad natal y despedirse de todas sus pertenencias para dedicarse a deambular por las ciudades italianas “como un paria que el destino se empeñó en deshacer”, diría Gardel, sumido en la más absoluta y desgarradora desesperación.

Es entonces cuando nace La Comedia, un incansable vagabundeo por círculos y abismos esotéricos, al lado de Virgilio (70 a.C.-19 a.C.), a quien el florentino confesó deberle “la gloria del lenguaje” y quien guía al autor por el Infierno, en sus primeros pasos por el más allá.

Dante pasó 18 años levantando su gran edificio literario, hasta que en 1320 se mudó a la ciudad italiana de Ravena con un cargo diplomático y murió de malaria al año siguiente, el 14 de septiembre de 1321. Construyó su obra y se rompió.

La Divina Comedia

La obra tiene 100 cantos organizados en tres partes de 33 cada una, más una introducción.

Infierno

A mitad del camino de la vida,

en una selva oscura me encontraba

porque mi ruta había extraviado.

¡Cuán dura cosa es decir cuál era

esta salvaje selva, áspera y fuerte

que me vuelve el temor al pensamiento!

En El Infierno, Canto I, Dante llega a ese terruño el Viernes Santo del año 1300, a sus 35 años, edad que él define como “la mitad del camino de la vida”. El infierno es un cono invertido dividido en nueve círculos de “topografía ruinosa y atroz”, que él recorre acompañado por el poeta Virgilio en 24 horas. Al llegar, se puede leer en las puertas del Infierno la tan mentada frase: “Dejad toda esperanza los que entráis”.

En los primeros cinco círculos, están “los pecadores de la desmesura”.

El primer círculo es una especie de antesala, donde están los que han sido rechazados tanto por el Cielo como por el Infierno. Allí se encuentran con Homero, Horacio, Ovidio; con los grandes héroes de la Antigüedad Clásica como Eneas, César, Electra y con los filósofos Platón, Sócrates y Demócrito. Como no estaban bautizados no podían entrar al Cielo, entonces debían quedarse allí, en un limbo eterno.

En el segundo círculo comienza el verdadero infierno. Allí están los amantes pecadores de la historia como Cleopatra, Helena de Troya, Aquiles y Tristán, azotados por un viento infernal para toda la eternidad.

En el tercer círculo está el famoso can Cerbero, el perro de tres cabezas que ataca a los golosos y angurrientos, en medio de una lluvia helada y de granizo.

El cuarto círculo está custodiado por Plutón, el dios romano del Inframundo. Acá están los avaros y los derrochadores, condenados a arrojarse enormes piedras mutuamente para toda la eternidad.

En el quinto círculo, los que fueron irascibles durante toda su vida nadan en las aguas fangosas de Estigia, desgarrándose entre sí con los dientes, mientras los perezosos permanecen sumergidos debajo de ese líquido pantanoso.

Dante y Virgilio piden ayuda a un ángel para poder llegar al Bajo Infierno, donde están los tres círculos restantes. Allí yacen “los pecadores de la maldad”.

En el sexto círculo, los herejes profieren quejumbrosos alaridos, mientras son torturados en ataúdes envueltos en llamas eternas.

El séptimo círculo, custodiado por el Minotauro (mitad hombre, mitad toro), está reservado para los que hicieron daño a otros a sabiendas. De acuerdo al grado de atrocidad de sus fechorías, estas almas pecadoras están sumergidas, a distintas profundidades, en un río caudaloso de sangre ardiente. También, en este nivel, se encuentran los suicidas, convertidos en ramas de arbustos que son devorados por demonios voladores.

Montados en Gerión -un dragón con rostro humano, cuerpo de serpiente y cola de escorpión- Dante y Virgilio llegan al octavo círculo, compuesto por 10 fosas, todas ellas con tenebrosos tormentos destinados a los estafadores.

En la punta del cono –que vendría a ser el centro de la Tierra- está el noveno círculo. Allí se encuentran los peores pecadores del Infierno: los traidores. Allí, el propio gigante Lucifer está atrapado en el hielo y, con sus tres fauces, destroza a Judas, el gran traidor de Cristo y a los dos traidores de César, Bruto y Casio. Allí, también, hay una roca horadada por las aguas del Leteo -el río del olvido, según los griegos antiguos- por donde se llega al Purgatorio.

Purgatorio

Este nivel está compuesto por siete aros donde están las almas pecadoras en espera ya que, si bien mostraron arrepentimiento, lo hicieron solo antes de morir. Vanidosos, soberbios, envidiosos, iracundos, perezosos, avaros, glotones. Todos en penitencia, pagando sus culpas para poder ganarse el cielo.

Paraíso

Acá Virgilio abandona a Dante, porque sus conocimientos no son suficientes como para explicar las delicias del cielo. Entonces, aparece Beatriz en forma de ángel que se convierte en la nueva acompañante del poeta florentino en su recorrido por las nueve esferas del Paraíso.

En la primera esfera –el cielo de la Luna– están las almas que no cumplieron sus votos. En la segunda esfera -el cielo de Mercurio-, están las almas bondadosas rodeadas de una luz melodiosa. En la tercera esfera -el cielo de Venus, gira la luz de los amantes.

En la cuarta esfera –la del Sol, bailan las almas de las eminencias eclesiásticas, en forma de destellos luminosos. Entre ellas, Tomás de Aquino. En la quinta esfera –la del cielo de Marte- las almas de los mártires forman una cruz de pura luz incandescente. En la sexta esfera –el cielo de Júpiter- están los reyes justos.

Por fin en la séptima esfera –el cielo de Saturno- está la escalera de oro de Jacob, por medio de la cual se llega a lo más alto del Paraíso.

Allí, está la octava esfera –la de las estrellas fijas- donde los apóstoles de la más alta caridad examinan a Dante en tres disciplinas: fe, esperanza y caridad.

Finalmente, Dante pasa exitosamente la prueba y llega a la novena esfera –el cielo cristalino, donde se encuentra con Adán, el primer hombre, y abandona totalmente las esferas terrenales del Paraíso.

De la mano de Beatriz, el poeta va flotando hacia el Empíreo, que está por sobre las nueve esferas del Paraíso y es la morada de Dios. Desde allí el poeta asciende en un rayo hacia el infinito.

Estos son los versos finales de la gran obra del Dante:

Cual el geómetra todo entregado

al cuadrado del círculo, y no encuentra,

pensando, ese principio que precisa,

estaba yo con esta visión nueva:

quería ver el modo en que se unía

al círculo la imagen y en qué sitio;

pero mis alas no eran para ello:

si en mi mente no hubiera golpeado

un fulgor que sus ansias satisfizo.

Faltan fuerzas a la alta fantasía;

mas ya mi voluntad y mi deseo

giraban como ruedas que impulsaba

Aquel que mueve el sol y las estrellas.

Revista Ñ, septiembre 2021.

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