La crítica según T.S. Eliot

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Heber Leal

 Criticar al crítico y otros escritos de T.S. Eliot es un texto que, por suerte, cayó en mis manos tras un proceso de éxodo bibliográfico que el querido amigo y escritor, Carlos Lloró, realizó de su enigmática biblioteca personal. La necesidad que sentí de leerlo debe haber estado asociada a que se trataba de un autor muy reconocido dentro del mundo literario universal y el título del texto no dejaba de ser atractivo.  Las rarezas del destino: justo estaba preparando un curso de postgrado que introducía al pensamiento crítico. A diferencia de mi humilde acercamiento filosófico al criticismo como forma de vida o actitud socrática frente al mundo, T.S. Eliot lo hacía desde la emblemática atalaya literaria. Pero lo notorio ha sido su actitud crítica naturalizada y mordaz.

El texto es un conjunto de ensayos encabezados por Criticar al crítico. Y pretendo someramente comentar cuatro de sus capítulos y poner en escena algunas de las ideas que –a título personal– me parecen más interesantes. Del primer capítulo destaco que: a) que hay que tener cuidado con sacar de contexto las opiniones de un crítico en virtud del transcurso temporal, b) que cuando somos jóvenes tendemos a ser dogmáticos: o todo nos entusiasma o nos indigna. Esta intensidad se desacelera y torna más sensata con el paso del tiempo.

T.S. Eliot es muy cuidadoso y sensato a la hora de emitir juicios de valor sobre la propia producción crítica; confiesa sin pudor que la labor crítica siempre tiene un dejo biográfico o referencial. Es decir, no hay crítica pura, siempre estará tamizada por los gustos, la preparación y los fines de quién practica ese oficio. En su caso, el entusiasmo por ciertos poetas que consideraba valiosos para nutrir la propia producción, era motivación criticar para comentarlos y evaluarlos al detalle. Por lo tanto, hay una pasión ineludible en la praxis crítica que no se reduce al mero ámbito racional: la atracción que provoca el estilo de una obra puede ser tanto o más importante que sus tópicos de contenido.

Desde el capítulo dos, T.S. Eliot pasa revista distintos temas que le apasionan a nivel cultural, reflexiones que no dejan de ser interesantes a contraluz de la época actual y en las que su honestidad crítica se consuma como hábito. El capítulo dos se enfoca en una valiosa revisión de los aportes poéticos y literarios de varios escritores moteados de malditos, lo titula De Poe a Valéry. Llama la atención que reproche la calidad de un monumento de la literatura universal como Edgar Allan Poe, lo que evidencia los alcances de su criticidad. Deja de manifiesto, sin ambages, la poca prolijidad poética de Poe: “la poesía de Poe está muy lejos de ser pura, pues ya he señalado el descuido de Poe y su falta de escrupulosidad en el empleo de palabras”.

Así como criticó antes la idea de crítica pura en artes, lo hace con la noción de la poésie pure.  Destaca el escepticismo de Valéry y admite que se trata de un escritor creativo y crítico a la vez, y con el que se siente en cierta medida representado; puesto que le fascinaba la composición antes que la obra en sí, el procedimiento antes que los fines. Le alaba la sobriedad de su discurso como creador y la visión reflexiva que siempre tuvo de su propia producción: Valéry llega a afirmar que todos sus textos no son más que esbozos (ébauche).

“La literatura norteamericana y el idioma” es el título del tercer capítulo, en el que hace una apología a la transmutación idiomática y su valor para las futuras dinámicas literarias: “Por supuesto, es condición necesaria para la continuidad de una literatura que el idioma esté en variación constante. Si cambia, es que está vivo; y si no cambia, los nuevos escritores no tienen más remedio que imitar a los clásicos de su literatura, sin que les quepa la esperanza de producir algo de la misma calidad”. Es interesante leer que usa la metáfora del tordo migratorius para hacer referencia a la plasticidad que debe tener el idioma norteamericano e ingles, a los que no hay que imponer “un telón de acero lingüístico” expresión que me parece crucial, por lo demás, para abordar temas idiomáticos del siglo XXI. Luego sostiene que en Norteamérica se dio un fenómeno hasta ese entonces inaudito, que serían dos literaturas en un mismo idioma. T.S. Eliot destaca a Poe, Whitman y Twain, como grandes escritores norteamericanos -obviamente encuentra elementos débiles propios de cada producción- cuyo destacado mérito estriba en “poner al día el léxico y purificar el dialecto de la tribu”. Esto lo explica con total precisión en lo sucesivo: “tropezamos aquí con dos características que creo deben hallarse reunidas en todo autor al que se le seleccione como uno de los hitos de una literatura nacional: el fuerte sabor local combinado con la universalidad inconsciente”.

El cuarto capítulo lleva por título “Los fines de la educación”, en este caso cuestiona largamente la convicción de definir qué es la educación y cuál es su propósito final. Sería muy pedante y pretencioso establecer un paradigma final a este respecto, porque la pregunta sobre la mejor educación trae siempre consigo la filosófica sobre qué es el humano. Frente a la clásica definición de que la educación tiene como propósito formar personas para la vida en democracia, considera que suena políticamente correcto, pero no deja de ser vago. Es de honestidad intelectual definir en cada época y cultura qué se entenderá por democracia. Obviamente, como intelectual digno del siglo XIX considera que la educación debe ser constante y es responsabilidad de cada sujeto buscar continuamente su perfeccionamiento cultural. Personalmente estimo que el único detalle que tiene este capítulo en relación a la tónica del texto general, es la extensión digresiva y hasta cierto punto obsesiva por responder las objeciones hechas en su momento a sus ideas por parte de un tratadista de la educación de renombre en aquel entonces, un tal Dr. C.E.M. Joad. Ahí podemos usar las mismas palabras del emblemático T.S. Eliot de que la crítica requiere mucha pasión.

Heber Leal es Profesor de Filosofía, Magíster en Filosofía Moral y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Concepción, Chile. Coordinador del Núcleo de Formación General. Universidad Mayor.

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