– Sean prohibidas las humanidades en la universidad… – Pero, decano, no podemos decir eso. – Entonces pongan: “Preferimos la eficiencia al conocimiento”

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Nibaldo Acero

Permítanme hablar en primera persona, y permítanme partir con una experiencia personal. Cuando hace unos pocos meses, comencé a trabajar en el plano académico de la Universidad de Aconcagua de Chile, las y los colegas –gran parte de aquellos ingenieros–, al saber que provenía de la esfera de la literatura, de los estudios culturales, persistieron en un discurso que terminó haciéndose familiar, tras cada clase que teníamos, tras cada reunión de trabajo, tras cada conversación de pasillo: a la Universidad de Aconcagua le hacía falta algo humanista. La recurrencia de la alocución no pasó inadvertida, sobre todo por el contexto en el cual era emitida: en una universidad marcadamente ingenieril, “ferretera”, como la denominaron profesores de la misma institución, cuyos intereses navegaban encumbradamente hacia las ciencias y nuevas tecnologías, aun así, sus docentes no dudaban decir que algo humanista ciertamente faltaba.

Dado el contexto, era doblemente interesante saber qué era lo que las y los docentes de esta universidad entendían por humanidades, por humanismo, y qué expectativas tenían de ese algo humanista que anhelaban. Con el profesor Javier Pérez, con quien trabajamos hace años, pusimos manos a la obra y en una sencilla encuesta procuramos, en definitiva, levantar información acotada pero decisiva para barruntar la valoración de las humanidades en esta universidad. Los resultados quedarán pendientes hasta el final de la reflexión.

La discusión por supuesto no era nada nueva. Recordé que hace varios años, en una universidad norteamericana, donde fui invitado a presentar un libro de ensayos, el tema de las humanidades en la universidad se apoderó del encuentro, y nos obligó a transitar, nostálgicamente, por Petrarca, Vico, Grassi y Edward Said, aunque fue en este último donde se centró el debate. Quiso el destino que la conversación se diera en el alma máter del nacido en Palestina, la Universidad de Wisconsin-Madison, y que el anfitrión hubiera sido un estudiante del mismo Edward Said, el querido poeta y académico Rubén Medina. Como decía, la discusión endilgó hasta la crisis de las humanidades en las universidades de occidente, sobre todo las que han adscrito al modelo neoliberal, que son de una aplastante mayoría. Esta discusión tampoco es nueva y ya ha sido tratada en otros textos que hemos escritos con el profesor Rodrigo Marilef, en los cuales hemos señalado que el mayor síntoma de esta crisis es la preeminencia del adiestramiento técnico y la enseñanza puramente utilitaria de aplicaciones del conocimiento científico. Las disciplinas humanísticas han sido gravemente disminuidas y postergadas, en beneficio del interés tecno-económico y el predominio de un ventajismo de corto alcance, incapaz de verse como tal y de reconocer lo que sacrifica.

Frente a esta crisis, que ya tiene sus buenos años, Edward Said propone una relectura del antiguo concepto de humanismo, al que define, principalmente, desde una noción secular de un mundo histórico, creado por y para los seres humanos. Entre otras resistencias, el humanismo es capaz de “someter a escrutinio crítico más temas, como el producto del quehacer humano”, gesto que estructura una productiva apertura e inclusión conceptual, que integra a la discusión elementos evadidos por la “fábrica de especialidades”, como llama Said, a los procesos de profesionalización validada en las humanidades neoliberales. Discusión que imanta cuestiones como la libertad, el compromiso ético-político por parte del académico y el transformarse en la memoria antagonista de las sociedades, su narrador extraoficial por excelencia. Arenga Said a sospechar de todo poder e instala al intelectual como vigía, siempre alerta de las ambivalencias discursivas, poseedor de una consciencia crítica que considera fundamentales, como el del apasionamiento crítico y la independencia intelectual.

Volviendo al presente, hace unos días, el filósofo Pablo Oyarzún recibía de manos de la Universidad de Valparaíso un más que merecido reconocimiento: el honoris causa de la institución porteña. En la premiación, Oyarzún partió su discurso precisamente arengando, como antes lo hiciera Grassi, la rehabilitación de las humanidades en la universidad actual:

¿Qué duda cabe? La necesidad de las humanidades requiere ser afirmada sin restricciones de ninguna índole, sobre todo hoy, sobre todo en un tiempo en que intereses y lógicas económicas y políticas las abandonan a su suerte en nombre de unas necesidades que no son sino función de aquellos intereses, y sobre todo en lugares en que estos y sus lógicas son particularmente agresivos y carentes de toda comprensión acerca de la significación y alcance de las humanidades.

Es difícil guardar compostura, ante el apasionado inicio de Oyarzún: es que nuestra persistencia por las humanidades dentro de la universidad debería aminorar los cómodos nihilismos e incendiar las reyertas que nos permitan mantenerlas vivas, aunque sea en resistencia. Y esta resistencia no debería ocuparse de si la productividad de las humanidades satisface o no a la Gorgona capitalista, sino que –y así lo señala Oyarzún– el deseo de saber… desinteresado, apasionado, ya de sí sería ancho argumento para defender.

Después de transitar ferozmente con las arengas de Said y Oyarzún, cabría perfectamente aquí señalar que, ante la pregunta sobre qué entendían por humanidades, por humanismo, y qué expectativas tenían las y los profesores de la Universidad de Aconcagua, la respuesta entregada no es la que precisamente esperábamos (afortunadamente).

 La contestación de los profesores de esta universidad tuerce nuestras propias expectativas, y se sitúa en un territorio no del todo abordado anteriormente, pero cuya especulación me parece fascinante ante la universidad actual. En el mapa del Mentimeter retoñan palabras en cuyo deseo uno puede apreciar batallas mínimas, de épica muy menor, pero cotidianas e imposibles de sacarles el cuerpo. Porque lo que pareciera urgir en la actual universidad tiende a aspectos más “blandos” e intempestivos del cotidiano universitario, como la empatía, que se lleva los honores. La respuesta mayoritaria se transforma en un mazazo para quienes analizamos las humanidades dentro de la universidad, preferentemente, desde perspectivas intelectuales y libertarias. Y pareciera que es mucho más sencillo (no digo simple) que aquello: un desarrollo institucional a la vez que un desarrollo humano, de la comunidad interna, el ser capaces de colaborarnos en el contexto universitario, sin la urgencia de un propósito académico o administrativo, sino por el simple hecho de integrar a otro ser humano, y no marginarlo, como lo indica Martha Nussbaum, para quien la empatía está en directa relación con la democracia y la justicia social (y qué lugar más preciso para fortalecer este aprendizaje, que una universidad).

Ahora, sumando la problemática de las humanidades, lo que urgiría también es la sistematización de acciones que sensibilicen a una comunidad universitaria, en términos de acercarla a manifestaciones artísticas, culturales, de expresión, donde pueda ser creadora, y no solo funcionarios y profesorado. A propósito de la «innovación» que hoy por hoy trasiega a la universidad neoliberal, la empatía se ha consolidado como uno de los principales materiales de estudio de la neurociencia, de la neuroestética, que la han investigado desde una perspectiva psicobiológica: las neuronas espejo, observando, por ejemplo, cómo el arte refuerza nuestra empatía, logrando leer la cultura no con fines doctos ni morales, sino ser capaces de observarnos a nosotras, a nosotros mismos, y por cierto a los otros con empatía… y esto, para qué andamos con cosas, atenta directamente contra el neoliberalismo.

En ese mismo libro, Sin fines de lucro, Nussbaum, junto con leer al poeta y filósofo indio Rabindranath Tagore, hace una férrea defensa de las humanidades frente a lo tecnoneoliberal, donde se evidencia que “la codicia y el narcisismo combaten contra el respeto y el amor”, y donde su diagnóstico es desolador ante la consolidación de un modelo deshumanizado y violento en las instituciones de occidente. A sabiendas de este diagnóstico, cabe preguntarse ahora, ¿qué es exactamente ese algo humanista que los profesores de la Universidad de Aconcagua hacen ver que le falta a la institución? Por silogismo es el hecho de que le falta empatía: la capacidad de integrar, de sensibilizar, de movilizar recursos no a modo de inversión, sino de formación crítica, de creación, de expresión de la comunidad que la construye.

Cierro el texto, con una cita contundente de Nussbaum que podría describir, resumidamente, la reyerta que los académicos de humanidades deberíamos batir en nuestros lugares de pensamiento y trabajo:

Si no insistimos en la importancia fundamental de las artes y las humanidades, éstas desaparecerán, porque no sirven para ganar dinero. Sólo sirven para algo mucho más valioso: para formar un mundo en el que valga la pena vivir, con personas capaces de ver a los otros seres humanos como entidades en sí mismas, merecedoras de respeto y empatía, que tienen sus propios pensamientos y sentimientos, y también con naciones capaces de superar el miedo y la desconfianza en pro de un debate signado por la razón y la compasión.

Nibaldo Acero es profesor, escritor y académico. Entusiasta blusero y futbolero, feliz padre de tres hijas. Actualmente es investigador en la Universidad de Aconcagua y responsable del proyecto Fondecyt N°11221081, «Ciudad, polifonía y marginalidad: elementos para un análisis intermedial del Infrarrealismo (1975-2015)”.

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