PERSPECTIVA EVOLUTIVA DE LA PANDEMIA

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Daniel Navarrete Bustamante
Médico Psiquiatra y Salubrista, Universidad  de Chile
Académico de la Universidad Católica de la Santísima Concepción

Sin duda el COVID-19 ha generado un cambio radical en el mundo y en nuestras vidas. Hemos observado confusión en cuanto a las mejores estrategias de afrontamiento de la pandemia, muertes en una escala que no veíamos en 100 años, estresantes cuarentenas prolongadas, impacto negativo global en lo social y económico y, también, mucho malestar social.

Para comprender el virus y nuestra respuesta a él, es necesario comprender cómo evolucionan los virus y los humanos. Nuestra coevolución ha sido larga en la historia, en una verdadera danza de interacción mutua. La pandemia nos ha brindado oportunidades únicas para presenciar la naturaleza humana a medida que esta se desarrolla, desde cambios en los patrones de reproducción, normas sociales cambiantes y curiosidades cognitivas que pueden distorsionar nuestro reconocimiento de la amenaza.

imagen gentileza: elpais.es

En una reciente publicación editorializada por Michael Gazzaniga, un destacado neurocientífico de la Universidad de California, se examinan algunas ideas evolutivas que pueden servir de guía a la ciencia en su abordaje del COVID-19, para limitar su propagación y evitar sus consecuencias más dañinas.

Es aceptado el hecho de que la selección natural nos dotó de un sistema inmunológico “fisiológico” (dirigido al microorganismo) y de un sistema inmunológico “conductual” (que modula la conducta para reducir el riesgo de contagio). Asimismo, es evidente que hemos desarrollado sistemas culturales de coordinación que nos permiten levantar obstáculos para la diseminación de enfermedades.

Ciertamente, ninguna teoría puede dar un sentido completo a la complejidad de la actual pandemia (muchos hablan de Sindemia), mas un enfoque evolutivo ofrece una perspectiva que permite visualizar qué estrategias podría usar un virus, qué estrategias poseemos y qué estrategias debemos adquirir.

Para comenzar, los autores destacan que, más allá de la díada huésped-anfitrión, en la medida que comprendamos bien cómo la evolución ha cincelado nuestras mentes sociales, podremos tener pistas sobre cómo (por ejemplo) las políticas que exigen que nos aislemos y tomemos distancia de los demás afectarán profundamente a nuestras familias, vidas laborales, relaciones y roles de género. He aquí algunos interesantes planteamientos de base evolutiva.

  1. Sociabilidad del anfitrión: el virus SARS-CoV-2 es neurotrópico, produce neuroinflamación y, por esa vía, influye en nuestra cognición y en nuestra conducta. Se piensa que el virus puede reprimir la sensación de enfermedad durante el periodo de incubación, que es el de mayor transmisibilidad, y se ha demostrado que el virus afecta el ánimo, elevando significativamente los niveles de actividad del anfitrión (en forma transitoria). De hecho, se sabe que 48 hrs. después de administrar la vacuna antiinfluenza se duplica la tasa de interacción social de los vacunados.
  2. La generación cuarentena: es claro que el confinamiento detiene la exposición regular a nuevos patógenos, algo habitual dada nuestra sociabilidad; mas lo que pareciera ser conveniente choca con la evidencia que indica que nuestro desarrollo cerebral normal requiere de la exposición microbiana adecuada y diversa. Sabemos que la comunicación de la microbiota intestinal en los animales jóvenes y la microglía cerebral, forma las redes vía mielinización y poda sináptica selectiva, lo que es de mucha importancia en la cognición, la motricidad y la afectividad. Asimismo, la asunción de riesgos, la neofilia, el impulso sexual y la socialización de los adolescentes están influidas por la microbiota, ahora alterada por las cuarentenas; no es difícil imaginar las consecuencias que esto puede acarrear en la atención, concentración, nivel de actividad, socialización y vida afectiva de los niños en confinamiento forzado prolongado.
  3. El disgusto/empatía: la repugnancia es un sistema de protección física y social, y es una experiencia común el comprobar que las imágenes de personas enfermas activan intensamente este sistema. Ahora bien, resulta difícil disuadir a las personas de mantener sus relaciones cercanas a la debida distancia, y la repugnancia es a veces menos potente que la empatía para mantener el distanciamiento físico con nuestros seres queridos afectados por la enfermedad.
  4. El apareamiento y la natalidad: el tacto y el olor son fundamentales en la compatibilidad para aparearse, y la distancia en pandemia priva a las personas de esa información vital. Nuestro sofisticado menú para el apareamiento se ha visto afectado por la pandemia; además, la recesión económica derivada de ella disminuye las oportunidades de emparejamiento a largo plazo, y esto porque no resulta recomendable comprometerse sin estabilidad financiera, de allí que es predecible que las parejas pospondrán el matrimonio hasta asentarse económicamente.
  5. Desigualdad de género: las mujeres han perdido más trabajos que los varones en esta pandemia (sector servicios y hotelería) y suelen experimentar presión para renunciar a su actividad para asumir funciones de cuidado infantil y de educación. En el mundo académico, las mujeres han publicado menos artículos que los varones sobre el Covid-19. El razonamiento evolutivo predice que las mujeres sacrificarán su productividad  y abandonarán sus trabajos en mayor proporción que los varones, por lo que es factible esperar un retroceso en la independencia económica de las mujeres.
  6. No está garantizada una mayor empatía ni compasión: existe evidencia anecdótica de una mayor solidaridad y ayuda mutua en situaciones de crisis, pero la investigación sobre el sistema inmunológico del comportamiento sugiere que la amenaza de enfermedades hace a las personas intolerantes y punitivas con los grupos externos, en especial.
  7. No hemos evolucionado para buscar la verdad: en rigor hemos evolucionado en pequeños grupos bajo amenaza de depredación y explotación por parte de forasteros; de allí que se favoreciera la implementación de estrategias de corto plazo y no la reflexión sobre las amenazas a largo plazo, como es el caso en una pandemia. Somos poco efectivos a la hora de sopesar riesgos como probabilidades abstractas, y somos susceptibles más bien al pensamiento conspirativo, favorecido por esa gran capacidad de engañarnos a nosotros mismos que nos caracteriza. En definitiva, pareciera que no estamos programados para buscar una comprensión precisa del mundo tal como es en realidad.
  8. La evolución cultural: bajo condiciones de amenaza colectiva, los seres humanos experimentamos presiones evolutivas para endurecer las normas sociales y castigar a quienes se desvían de dichas normas. Se ha establecido que las naciones con amenazas ecológicas o humanas frecuentes tienden a ser más estrictas y prosperan más, pero aquellas sometidas a amenazas de menor envergadura tienden a ser más laxas y priorizan la libertad por sobre las reglas. Las diferencias observadas en cuanto a la rigidez normativa evolucionan como una adaptación cultural a la amenaza, y si esta es de una magnitud importante, los grupos requieren normas más estrictas y coerción ante su transgresión para poder sobrevivir. Sabemos de los resultados asociados a estas dos estrategias que distintos países adoptaron frente a la pandemia.

Expuestas las ideas precedentes, no es fácil conciliar el demostrable progreso humano con las claras limitaciones de nuestra biología; sin embargo, nuestra naturaleza incluye adaptaciones al “nicho cognitivo”, es decir, desarrollamos un saber hacer (comprender el mundo y manipularlo a nuestro favor), contamos con un lenguaje (para compartir y recombinar ideas) y disponemos de una inescapable sociabilidad (coordinamos ideas con nuestros semejantes en mutuo beneficio). Es así, entonces, que podemos progresar si retenemos y combinamos las innovaciones que se demuestran útiles.

Los autores de este artículo piensan, finalmente, que podremos controlar el COVID-19 si somos capaces de comprometernos en el desarrollo y aplicación del conocimiento científico para mejorar el bienestar humano.

  1. Editor Michael S. Gazzaniga, University of California, Santa Barbara, CA.
  2. Autores: Benjamin M. Seitz, Athena Aktipis, David M. Buss, Joe Alcock, Paul Bloom, Michele Gelfand, Sam Harris, Debra Lieberman, Barbara N. Horowitz, Steven Pinker, David Sloan Wilson and Martie G. Haselton.

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