Los nubarrones que sopla Trump

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Columna de Opinión

LOS NUBARRONES QUE SOPLA TRUMP

Gonzalo Herrera

Los vaticinios de los especialistas van desde el temor hasta unas muy cautas expectativas para el mundo en 2017.

El lento crecimiento económico manifestado a comienzos del 2016 fue bruscamente trabado, primero por el Brexit, y las consecuencias financieras que podría provocar en el corto y mediano plazo, y posteriormente por la irrupción de Donald Trump.

El FMI advierte sobre la “baja de confianza de los consumidores” y abre la posibilidad de una mayor desaceleración en el crecimiento mundial para el presente año. Específicamente en nuestra región, a las dificultades endémicas que han impedido retomar un ritmo franco de crecimiento a las economías latinoamericanas, después del alto precio alcanzado por las materias primas en los años anteriores, se suma ahora la incertidumbre sobre cuál va a ser el real comportamiento de EE UU hacia los países del sur en la era Trump.

Muchas páginas se han escrito en los últimos meses acerca del riesgo global que supone una persona impredecible y no calificada como la que tomará posesión del poder en menos de tres semanas, por la trascendencia de las decisiones que pudiera adoptar en distintos ámbitos. Riesgo, como hemos dicho, para la economía mundial y, no en menor medida, para la seguridad en las extensas regiones  del mundo donde EE UU tiene desplegadas sus fuerzas militares, incluso con armas nucleares de carácter estratégico, lo que explica la reciente decisión de Putin de reforzar los arsenales rusos con misiles aptos para superar el sistema de “escudos” de la OTAN.

Nadie podría predecir tampoco cuáles serán los verdaderos alcances de los anuncios del Trump precandidato respecto a los musulmanes, que en su paroxismo xenófobo llegara a la amenaza de muerte contra los familiares de terroristas pertenecientes al Estado Islámico. Si cualquiera de sus provocaciones de campaña tomara visos de realidad, incluso la más básica de prohibir la entrada de musulmanes a EE UU, además de ser impracticable, estaría acrecentando los sentimientos de odio hacia Occidente, brindando argumentos a la cúpula yihadista para que continúe su propaganda terrorista, con el peligro que se repitan despiadados atentados como los perpetrados en los últimos doce meses en París y Bruselas, o el de hace pocas horas en Estambul.

Más inmediatas y extendidas podrían ser, sin embargo, las consecuencias económicas. Gran parte de la colosal deuda externa de EE UU se explica por el déficit comercial que mantiene respecto a China. La decisión de Trump de declararla “manipulador monetario” y aplicar aranceles del 45% a sus productos, podría precipitar una guerra comercial de impredecibles resultados globales, o empujar al megapaís asiático a una mayor desaceleración económica, restringiendo aún más su demanda de insumos, minerales e hidrocarburos, con un efecto inmediato sobre la economía mundial, en especial sobre los países africanos y latinoamericanos.

China por su parte cuenta con un poderoso recurso disuasorio. Es el más importante poseedor de Bonos del Tesoro estadounidense, una cifra que supera el billón de dólares, cuya puesta en el mercado significaría el inmediato desplome de la divisa norteamericana.

Otra gran amenaza al comercio mundial es la anunciada medida de revisar los numerosos tratados de libre comercio, de los que EE UU es protagonista principal. La recuperación de empleos y el crecimiento económico interno serían los objetivos perseguidos con la notificación de represalias tributarias a las que se expondrían las empresas estadounidenses que decidieran trasladar su capacidad laboral fuera de las fronteras. Dentro de esa misma línea se inscribe el anuncio de Trump de abandonar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), suscrito por Chile junto a otras once naciones, que debería entrar en vigencia en febrero de 2018, luego de su ratificación por los respectivos Congresos. Es altamente improbable un TPP sin la presencia de EE UU, y como en el mundo de los grandes negocios impera el pragmatismo, muchos sectores financieros y políticos empiezan a concebir un nuevo proyecto liderado por China.

El entusiasmo con que el gobierno de Michelle Bachelet y la élite económica del país han defendido este tratado se fundamenta en un mercado potencial de 800 millones de consumidores, que representa el 38% del PIB mundial. Sin embargo, lo que la inmensa mayoría de los chilenos ignora es que las ganancias que pudiera obtener el país serían prácticamente marginales, atendiendo a que Chile es parte en la actualidad de acuerdos bilaterales y multilaterales con todos los países participantes, y que el TPP no introduce normas o regulaciones sustancialmente distintas a las que rigen esos acuerdos previos.

Existe sin duda un riesgo implícito en aumentar los vínculos financieros y comerciales con países que concentran actualmente el mayor peligro de crisis o recesión. Tampoco debiéramos ignorar que la adhesión al TPP supone asumir un esquema que perpetúa el rol primario exportador para Chile y otros países de América Latina. Los magros resultados en el crecimiento de la economía experimentados por nuestro país en los últimos años, con una persistente baja en la inversión, vienen de la mano con la pérdida de energía de la locomotora china y la baja del precio del cobre en los mercados internacionales. Esto da cuenta de la gran dependencia de nuestra economía de las materias primas y de la aún escasa diversificación de los productos exportables, lo que hace al país especialmente vulnerable en escenarios de ciclos desfavorables para los commodities.

El efecto Trump en la política mundial es por el momento la mayor incógnita. El proteccionismo, los muros y las anunciadas restricciones al libre comercio son paradojalmente desestabilizadores de la propia economía estadounidense, que podrían acarrear menos empleo, reducción en la inversión y en general un nuevo estancamiento en la actividad por el encarecimiento financiero, cuyos efectos políticos en amplias zonas del mundo serían imprevisibles. Las políticas antiglobalización que prometiera impulsar Trump en su campaña, que en términos simples significa cerrar los mercados domésticos a las importaciones, podrían traer como reacción la restricción de muchos mercados del mundo a la producción made in USA.

Lamentablemente, todas aquellas medidas bosquejadas por Trump en su campaña, incluso las más descabelladas como pretender resucitar las grandes industrias proveedoras de miles de puestos de trabajo, propias de los años 50 y 60, recibieron un amplio respaldo de sectores medios de la población que, desinformadamente, simplemente creyeron en las explicaciones “con peras y manzanas” de los complejos problemas que les aquejan. Sin entender las inhumanas consecuencias que provoca el actual modelo neoliberal, y las abusivas medidas con que se maneja la globalización, se culpa de todo a la política y a los políticos, a los inmigrantes y a las minorías, entregando así su confianza a la solución ofrecida por algún mesiánico encantador de masas. El Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, señala que una vez superada la crisis financiera de 2008, más del 90% de las utilidades se concentró en el 1% más alto del poder económico. Algo que bien sabemos los chilenos.

Y esta actitud irreflexiva, producto de los temores y frustraciones de los votantes, brota también con fuerza en Europa, lo que explica el Brexit y los buenos vientos que corren en general para los populismos de derecha con sonados triunfos en Francia, Holanda, Hungría y Grecia.

Las peores consecuencias para la humanidad podrían provenir del discurso contrario a los acuerdos climáticos y de reducción de huella de carbono esgrimido por Trump. Sin duda es un mal augurio que haya nombrado a Scott Pruitt, un reconocido escéptico del cambio climático, a cargo de la Agencia de Protección Medioambiental. La estupidez y la ignorancia reveladas en esta decisión abren un nuevo frente de riesgo, recién a un año del Acuerdo de París, cuando los países industrializados coincidieron en reducir la emisión de gases de efecto invernadero, permitiendo vislumbrar un mayor compromiso con las economías limpias.

Tal vez lo mejor para el mundo sería que los contrapesos del sistema gobernante estadounidense operaran, abortando toda medida insensata, dejando que la era Trump transcurra en un lento sopor que deje las cosas como están. Porque podrían ser peor.

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