El Estado no puede financiar dogmas

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La educación sigue siendo un ámbito donde la presencia del componente religioso sigue produciendo debates. Hace unos días, en Estrasburgo se dio un claro dictamen es un claro indicio que la educación es un proceso que debe considerar las opiniones religiosas, pero donde estas no pueden hegemonizar la decisiones sobre la formación de los educandos.

En Colombia, estos temas han ido tomando una importancia significativa, como hemos informado en las semanas precedentes. Hace dos días, una opinión en Semana.com (11/01/17), cuya autoría en el periodista Carlos Julio Martínez señalaba:

Una colectividad que piensa y razona críticamente entiende que esta es nuestra única oportunidad para ser felices y  no hay que desaprovecharla matando al que piensa diferente,  o enriqueciéndose a costilla de las multitudes incautas que aun sin tener que comer entregan a sus pastores el diez por ciento de sus ingresos.

Pero esto parece imposible — crear personas con un pensamiento crítico — en el modelo actual, donde la iglesia Católica se ha apropiado de la educación y es dueña de miles de colegios, escuelas y universidades en todo el mundo. Esto le representa astronómicos ingresos económicos. Allí, en sus aulas, forman autómatas incapaces de cuestionar su mundo religioso. Obviamente existen excepciones en las que profesionales formados en claustros bajo la dirección de los religiosos se gradúan con un pensamiento crítico. Pero a nivel de los niños los resultados son adversos: niños que crecen bajo el dominio de una fe ciega.

Un Estado que, a través de la educación, les dice a los niños que la Tierra tiene 6 mil años de edad, que el hombre proviene de una bola de barro y la mujer de una costilla de este hombre de barro, es un estado corrupto y macabro. Ya es hora de que Colombia sea un verdadero estado laico, en el que se invierta el presupuesto en más ciencia, más tecnología, más valores, más laboratorios en los colegios y menos religión.

Es un exabrupto que se asignen miles de millones de pesos de las regalías en la construcción de monumentos religiosos como el Santísimo en el departamento de Santander, o que se aprueben partidas millonarias en celebraciones católicas, como la Semana Santa en Popayán, o en restaurar docenas de iglesias a lo largo y ancho de la geografía colombiana. Mientras este despilfarro se lleva a cabo bajo la complacencia de los gobernantes de turno,  se amplía la  brecha existente que en materia de educación existe  entre nuestro país y los países de la OCDE, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

Si como colombianos queremos  disminuir la inequidad social, algo esencial para consolidar la paz interna y mejorar la calidad de vida de los más necesitados no hay otro camino que transformar la educación hacia la construcción de un pensamiento crítico, sin dogmas y sin mitos y con una visión hacia el progreso social, científico, humano y económico.  Esa es la clave para lograr un verdadero y revolucionario cambio en los hombres que como nación estamos formando.

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