Inteligencia Artificial: progreso por donde se mire

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columna de opinion

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Inteligencia Artificial: progreso por donde se mire

Eduardo Quiroz Salinas 2

Por Eduardo Quiroz,
Magíster en TI – Ingeniero Civil Informático

El concepto Inteligencia Artificial fue mencionado por primera vez en 1956 por McCarthy; sin embargo, su mayor explosión la ha tenido en la última década que es cuando comercialmente se le encontró un nicho y, a sabiendas que son pocos los lugares donde algo sin efecto comercial tenga continuidad, este mismo ha permitido no solo su masificación, sino también hecho posible grandes mejoras en los mismos, al punto que hoy gran parte de las aplicaciones que tenemos en nuestro celular, contienen técnicas de IA.

Atrás quedó el recuerdo cuando Deep Blue derrotó a Gary Kasparov, campeón mundial de ajedrez,  en su segundo intento el año 1997, con un programa diseñado por ingenieros de software que no tenían ni la técnica, ni los conocimientos de Kasparov en el ajedrez, sino con millones de datos, de los cuales la máquina “aprendía” y, en la práctica, terminó triunfando. Por supuesto que quienes inventaron dicho programa lo hicieron con fines técnicos y lúdicos, no con el fin de reemplazar el hermoso deporte del ajedrez en las personas. Desde ese entonces, la IA ha ido en crecimiento constante y, aunque no tan publicitado en los medios como esa gran partida, somos efecto de técnicas de esa rama, no solo a diario, sino a cada hora o minuto.

Si “googleamos” un término para una investigación o trabajo, el motor de IA se encarga de buscarnos artículos relacionados en menos de lo que se enciende nuestro celular y nos la hace llegar por cualquier vía. Si compramos un libro de una temática específica por internet, más temprano que tarde nos llegarán muchos otros relacionados que complementarán nuestra adquisición y nos presentarán, incluso, autores desconocidos para nuestro limitado saber, pero que para una máquina no son más que unos bytes extras. Si midiésemos la eficiencia de la utilización de esa técnica en nuestro tiempo, su nivel sería muy alto, puesto que en breves milésimas de segundos, tenemos a los principales exponentes de un tema e incluso a los que no lo son tanto, pero de los cuáles quizá podamos rescatar lo que buscamos. Cada día, tras mi trabajo acostumbro a poner la app Waze, el GPS, y ya al momento de encenderlo Waze “me pregunta” si quiero ir a casa. En el caso que esa sea la respuesta, lo que acontece de manera usual, solo confirmo la sugerencia de Waze, antes que él lo haga por sí mismo si es que demoro más de 10 segundos, y me encuentro camino a casa por la mejor ruta, evadiendo tacos, accidentes, controles policiales y ahorrando tiempo, lo que se refleja en que puedo ver a mis hijos mucho antes que si usara sólo mi limitado conocimiento de la totalidad de las rutas posibles entre un punto y otro. Spotify, acorde a las canciones que yo mismo he ido seleccionando en el tiempo, me presenta muchas alternativas y, gracias a sus algoritmos, he conocido cantantes que por mí mismo no hubiera conocido y canciones que me han encantado hoy lucen relucientes en mis playlists.

Ha habido fallos en el camino, ¡por supuesto!, solo son máquinas programadas por hombres con el conocimiento que ostentamos hasta el día de hoy. Y si bien pasan por sendos tests de calidad, que de hecho nosotros mismos como raza no pasaríamos, siempre habrá espacio para la mejora, pues son solo eso: sistemas. Salió a la palestra un error en los sistemas automáticos de Amazon el año pasado (2018) porque su algoritmo, basado en sus contrataciones exitosas previas, predominaba el rol masculino por sobre el femenino y, en base a ese aprendizaje, el sistema privilegió hombres por sobre mujeres. El sistema fue bajado para ser mantenido y de seguro en un futuro saldrá a la luz de nuevo. Hace poco una especialista en ética del College Christ Church de la Universidad de Oxford, sacó a relucir el caso poniendo en duda el futuro de la Inteligencia Artificial, casi como una alerta roja o incidencia digna del foco de Batman. Sin embargo, lo único que hizo mal el programa fue que, al momento de ser programado por hombres, los parámetros introducidos no fueron correctos y no se le añadieron políticas o reglas de negocio que hicieran hincapié en que el sexo predominante en la profesión de desarrollador informático eran masculinos por sobre el femenino, y que debía bajarse el peso específico de esa correlación. De hecho, a modo de anécdota, les comento que cuando partí mi carrera en esa misma rama, éramos en 1996, 60 alumnos. De los cuales 6 eran mujeres (Daniela, Andrea, Karen, Francisca, Nayibe y Vicky a quienes de paso mando un fraterno saludo). Es decir, exactamente el 90% éramos del sexo masculino. De hecho muchos de los viajes a otras facultades de la Universidad donde estudié eran para conocer personas del otro sexo. Bueno, fin de la anécdota. ¿Puede un programa de computación vencer una barrera como esa sin antes haber sido preconfigurado para algo? La respuesta lógica es no, puesto que para un computador el sexo de una persona es solamente un dato más. De hecho, dejo abierta la apuesta a que la cantidad de currículums que llegaron al sistema, y los que se le cargaron, también fueron prioritariamente de hombres. A menos que, insisto, se haya debido pre-programar una regla específica para que un cierto porcentaje fuesen mujeres, el resultado hubiera sido el mismo. Si una aplicación similar se instalase en, por ejemplo, un centro de atención de párvulos, donde en un porcentaje incluso mayor, la cantidad de personas que estudian dicha carrera son del género femenino y entre los currículums que llegan eligiese, ¿cuál creen ustedes que sea el resultado? ¡Sí, con el 99% de margen de certeza la postulante elegida será mujer! ¿Hay sexismo en ello? Nuevamente la respuesta es no, porque, aunque queramos, la Inteligencia Artificial no tiene sentimientos humanos, solo procesa datos que nosotros le hemos puesto y lo anterior es infinitamente mejor que un sistema humano de selección, puesto que evitaríamos no uno, sino decenas de vicios que al día de hoy existen en los procesos de selección de las compañías, donde se privilegian razas, colores de piel, estaturas, peso, apariencia física, voz, gestos, sexo o género, relaciones familiares o de amistad, religión, simpatía y hasta afinidades a un equipo de fútbol e incluso suposiciones y hay en ese orden de cosas, no cientos, sino miles de artículos, tratados y libros al respecto. ¡Qué distinto sería el mundo si un programa como ese hubiese existido desde inicios de la humanidad!

Una de las certezas asociadas al Big Data es, justamente, lo que indica su nombre, que a mayor cantidad de datos, mejor, pues es una máquina la única que puede procesarlos todos en un tiempo razonable para nuestras necesidades de inmediatez. A mayor cantidad de datos, con las reglas correctas, mayor precisión, sin duda y eso es así no sólo para los algoritmos de inteligencia artificial, sino también para nosotros mismos. Mientras más datos tenemos de algo, más precisa es nuestra decisión y así la justicia, la democracia, la igualdad y el bienestar social serán los grandes beneficiados, puesto que las máquinas no saben de primos, de amigos, de colores ni discriminación, sólo hacen el cálculo basándose en las realidades. Si queremos cambiar la realidad, es otra cosa y los sistemas de AI también lo pueden hacer, pues incorporan todo lo que les hagamos incorporar.

La Inteligencia Artificial, en específico, y la informática y la tecnología, en global, llegaron para quedarse e intentar remar contra ellas es no sólo un cabezazo en la pared, sino una caída libre de cientos de metros contra un piso de hierro, ni siquiera de cemento. Lo bueno es que como la tecnología está basado en ciencia, siempre habrá una puerta para la mejora. Intentar hacer responsable a la tecnología de vicios que, ni siquiera al día de hoy, los podemos controlar en nosotros mismos, que vivimos discriminando de una manera u otra, agravado por los malos sentimientos que solemos tener, es no sólo un despropósito y una completa ignorancia sobre la tecnología, sino además una tendencia a encontrar culpables donde no los hay. Un martillo es lo mejor que hemos inventado para pegar a un clavo. Que alguien lo use para azotar la cabeza de una persona no hace un mal elemento al martillo y si algún agorero hubiese escrito columnas basadas en el miedo denostando al martillo como potencial arma, si se le hubiera hecho caso, estaríamos aún martillando con esponjas o con quizás qué cosas.

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